Esa mañana, el barrio de Caballito amaneció con un brillo distinto, casi encandilante. Cuando Pamela estacionó el Golf GTI frente a la inmobiliaria de la esquina, un par de vecinos se detuvieron en seco. No era para menos: el auto, un deportivo de pura cepa que de fábrica venía en un gris sobrio y elegante, ahora era de un rosado chicle tan intenso que parecía sacado de una juguetería.
Pamela bajó del auto con una sonrisa de oreja a oreja. Ella no veía un "sacrilegio automotriz", veía su sueño cumplido. Hacía años que quería ese modelo por su potencia, pero el color estándar le parecía aburrido. Así que, apenas terminaron de firmar los papeles de la compra, lo mandó directo al taller de ploteado sin decirle nada a nadie.
El problema real llegó a las siete de la tarde, cuando escuchó el motor de la camioneta de su marido, Javier, estacionando detrás.
Javier es de esos hombres que se suscriben a revistas de autos y conocen el torque de cada motor de memoria. Para él, el GTI no es solo un coche; es una leyenda, un futuro clásico que hay que mantener original para que no pierda valor.
Cuando entró a la casa, ni siquiera saludó. Tenía la cara desencajada, entre el susto y la indignación.
—"Dime que es una broma, Pamela", soltó Javier, señalando hacia la calle con un gesto tembloroso. —"Es un GTI... ¡un GTI! No podés haberle hecho eso a un motor alemán. ¡Lo convertiste en un accesorio de moda!"
Pamela, con la calma de quien sabe que ya no hay vuelta atrás, se sirvió un vaso de agua y lo miró con picardía.
—"Ay, Javi, no seas exagerado. Debajo del plástico sigue siendo el mismo misil. Solo que ahora tiene personalidad. Además, si me lo roban, lo encuentran a diez cuadras a la redonda, ¡se ve desde la Luna!"
Esa noche, Javier no pudo dormir. Cada vez que cerraba los ojos, veía las llantas deportivas contrastando con ese rosa furioso. Se sentía como si alguien le hubiera pintado flores a una espada ninja.
Al día siguiente, tuvieron que ir al supermercado. Javier insistió en manejar él, pero se puso una gorra y anteojos oscuros para que nadie lo reconociera. Sin embargo, algo raro pasó. En cada semáforo, la gente no miraba con asco, sino con curiosidad. Una chica les levantó el pulgar y un nene le gritó a su papá: "¡Mirá, el auto de Barbie pero rápido!".
Al volver, mientras guardaba las bolsas en el baúl, Javier se quedó mirando el auto en silencio. Pasó la mano por el capó, sintiendo la textura del vinilo. El auto seguía siendo una bestia, seguía acelerando como un demonio y el interior seguía oliendo a cuero nuevo.
—"Bueno...", murmuró Javier para sí mismo, asegurándose de que Pamela no lo escuchara. —"Al menos el ploteado protege la pintura original de las piedritas de la ruta".
Pamela lo espiaba desde la ventana de la cocina, conteniendo la risa. Sabía que, tarde o temprano, su marido terminaría admitiendo que el "GTI Rosado" era, por lejos, el auto con más onda de toda la ciudad.
Foto(s) tomada(s) con mi smartphone Samsung Galaxy S22 Ultra.