Hay días en los que no salgo a buscar nada… y aun así termino encontrando pequeños tesoros. Estas fotos nacieron así, sin plan, sin intención de hacer “contenido”, solo yo, el patio, un ratico de luz bonita y las plantas haciendo lo suyo: florecer sin pedir permiso.
Estas gerberas rosadas tienen algo que me encanta: son escandalosamente alegres. No pasan desapercibidas. Tú sales medio dormida, con el café todavía haciendo efecto, y ¡pam! ahí están, abiertas como si supieran que alguien necesitaba un empujoncito de color para empezar el día. Me gusta mirarlas de cerca porque sus pétalos no son perfectos, algunos se doblan, otros se cruzan, pero juntas forman algo que simplemente funciona. Como muchas cosas en la vida.
Ese día me agaché a verlas mejor y, de repente, sentí que alguien más estaba interesado en la sesión de fotos. Cuando levanté la mirada… ahí estaba mi gato, metido entre las hojas como si fuera parte de la planta. Con esa cara de inocente profesional, como diciendo: “sí, claro, yo también soy decoración”.
No sé si estaba buscando sombra, curiosidad o solo ganas de llamar la atención, pero logró robarse el protagonismo sin esfuerzo. Y la verdad… no me molestó. Al contrario, la escena se volvió todavía más especial. Flores, hojas enormes y un gato blanco y negro asomándose como si fuera una criatura del jardín.
Más adelante, me encontré con la rosa rosada, delicada, con ese tono suave que parece pintado a mano. Las rosas siempre me han parecido un recordatorio de que la suavidad también tiene fuerza. Sus pétalos se ven frágiles, pero la planta tiene espinas, se defiende, crece firme. Es una mezcla curiosa: belleza y carácter en el mismo tallo.
Y luego están estas florecitas blancas pequeñitas, que muchos pasarían por alto. No son grandes, no son llamativas, no tienen ese color vibrante que grita “mírame”. Pero cuando las sostuve entre los dedos y la luz del sol les pegó de lado, se veían casi brillantes, como si guardaran su propia luz. Me hicieron pensar en esas cosas simples que uno no valora hasta que se detiene de verdad a mirar.
A veces creemos que para disfrutar algo bonito hay que ir lejos, a un lugar especial, a un jardín famoso o a un paisaje espectacular. Pero ese día todo estaba aquí mismo: en el patio, en una maceta, en una planta que riego casi sin pensar, en un gato curioso que decidió colarse en la escena.
Tomar estas fotos fue como hacer una pausa sin decir “voy a hacer una pausa”. Fue solo estar presente. Mirar colores, texturas, sombras, y recordar que la naturaleza no se esfuerza por ser bonita… simplemente es. Y quizás ahí está la lección: florecer a tu ritmo, ocupar tu espacio, y alegrarle el día a alguien sin siquiera darte cuenta.
Si estas flores lograron sacarme una sonrisa en un día cualquiera, ya cumplieron su misión
¡Hasta la próxima! Gracias por visitar mi blog. Todas las imágenes son de mi propiedad. | ¡Hasta la próxima! Gracias por visitar mi blog. Todas las imágenes son de mi propiedad.