Caminaba a la tibia luz de la mañana buscando aquella cabaña entre campos y colinas de monte bajo, de chaparrales y pequeñas encinas. Me hacía camino entre los matorrales de espinos, enebros y coscoja mientras me deleitaba con la caricia de la suave brisa en el rostro, el aroma de las jaras y romeros y la melodía del canto de las aves. En mitad de aquellas soledades, en plena armonía con la naturaleza, me volvía a sentir tranquilo y sereno, como si estuviese de nuevo en casa.