La postmodernidad se ha ido caracterizando por reducir la experiencia religiosa al ámbito de lo individual, siendo la intimidad el único lugar aceptado y reconocido.
Sin embargo, este hecho en vez de eliminar, como se busca, a Dios, de la vivencia colectiva, ha ido generando que nos preocupemos por estar haciendo sitio a Dios, ya no solo como un dogma o una tradición, sino como una relación personal y transformadora.
Es verdad que muchas religiones han entrado en crisis, propia del ser humano, pero eso no significa que Dios esté en crisis, muy al contrario, una sociedad cansada, cargada de tensión y herida busca refugio en quien le da certeza, le llena de vitalidad y alegría, siendo Dios el único que puede y podrá siempre hacerlo.
Es por ello, que muchos estamos haciendo sitio a Dios, en el corazón, en la mente y en los actos para que nuestra palabras sean signos de Aquel que nos amó primero y que es él único capaz de hacer posible lo imposible: llenarnos de felicidad.
Portada del post tomada de pixabay y editada en PSD
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