Hola de nuevo a todos por aquí✨✨✨✨ Hoy me desperté con ganas de compartirles algo que ha transformado mi rutina de una forma que no esperaba hace apenas un par de meses. A mis 24 años, entre las clases de medicina, las guardias en el hospital y todo el corre corre que implica estar en el último año de la carrera, siempre sentía que el tiempo no me daba para nada más. Sin embargo, el pasado 2 de febrero tomé una decisión que hoy agradezco profundamente y fue la de empezar a entrenar de manera formal y constante con ejercicios funcionales.
Antes de esa fecha, mi relación con la actividad física era bastante intermitente. Siempre tenía la excusa perfecta: estoy cansada, tengo que estudiar para un examen, no dormí bien por la guardia o simplemente el calor de aquí de Lechería me quitaba las ganas de moverme. Pero algo hizo click en mi cabeza a principios de febrero y me propuse que, sin importar lo que pasara, me iba a dedicar un espacio de lunes a viernes para entrenar. No buscaba algo que me dejara destruida sin poder caminar al día siguiente, sino algo que me hiciera sentir más ágil y fuerte para aguantar el ritmo de vida que llevo.
El entrenamiento funcional me atrapó precisamente por eso, porque no se trata solo de levantar un peso muerto o correr en una cinta sin sentido, sino de realizar movimientos que realmente sirven para la vida diaria. Al principio fue un reto total porque mi cuerpo no estaba acostumbrado a la intensidad de lunes a viernes, pero la disciplina le ganó a la flojera. Poco a poco esos movimientos de sentadillas, planchas y ejercicios de coordinación empezaron a sentirse más naturales y menos como una obligación pesada.
Ya han pasado casi dos meses desde aquel 2 de febrero y los cambios que he notado no son solo un número en la balanza. De hecho, lo más interesante ha sido el proceso de recomposición corporal. He visto cómo mis medidas han ido bajando y cómo mi ropa ahora me queda de una forma mucho más cómoda. Es una sensación increíble ver que el esfuerzo se traduce en un cuerpo más firme y tonificado, pero lo que más valoro es la energía que tengo ahora. Antes llegaba al hospital sintiéndome agotada desde la mañana, y ahora siento que tengo mucha más resistencia para las jornadas largas de pie y para concentrarme en mis estudios de medicina.
Este estilo de vida me ha enseñado que la salud no es un destino al que se llega de un día para otro, sino una construcción diaria que requiere paciencia. Hubo días en febrero donde me costaba horrores levantarme, pero el compromiso de ir de lunes a viernes me mantuvo enfocada. Lo que más me gusta del funcional es que cada clase es distinta, lo que evita que me aburra y me mantiene motivada para ver de qué soy capaz cada semana. He aprendido a escuchar a mi cuerpo, a entender cuándo puedo exigirle un poco más y cuándo simplemente el hecho de cumplir con la rutina ya es una victoria.
Sentirse bien con una misma es algo que no tiene precio. No se trata de alcanzar un estándar de belleza inalcanzable, sino de mirarse al espejo y reconocer el trabajo duro que hay detrás de cada pequeño cambio. La recomposición corporal es un proceso lento, a veces frustrante porque queremos ver resultados inmediatos, pero cuando comparo cómo me sentía a finales de enero con cómo me siento hoy, la diferencia es del cielo a la tierra. Mi postura ha mejorado, mis niveles de estrés han bajado considerablemente y mi humor es mucho más estable, algo que mis amigos y compañeros del hospital seguramente agradecen.
A veces pensamos que para estar saludables necesitamos pasar horas y horas en un gimnasio o dejar de comer todo lo que nos gusta, pero mi experiencia me ha demostrado que la clave es la consistencia y encontrar algo que te guste. Para mí, el entrenamiento funcional de lunes a viernes se convirtió en mi terapia personal, en ese momento del día donde apago el teléfono, me olvido de los términos médicos y de las preocupaciones de la tesis para concentrarme únicamente en mi respiración y en mis movimientos.
Espero que mi historia pueda motivar a alguien que esté dudando en empezar. No hace falta que sea lunes ni primero de mes para cambiar el chip; yo empecé un 2 de febrero y ha sido la mejor inversión de tiempo que he hecho en mis 24 años. La medicina me ha enseñado mucho sobre la enfermedad, pero este proceso personal me está enseñando mucho más sobre la salud y la prevención. Ahora entiendo que cuidar mi cuerpo es la mejor herramienta que tengo para ser una buena profesional en el futuro y para disfrutar de la vida con plenitud.
Seguiré compartiendo mis avances por aquí porque escribirlo me ayuda a mantenerme firme en mi propósito. Gracias por acompañarme en este camino de mejorar mi salud y mi estilo de vida. Nos vemos en los comentarios y espero que hoy también encuentres un momento para hacer algo que te haga sentir bien contigo misma.