Un 15 de diciembre de 1944 desapareció, extrañamente, en un vuelo militar, el músico estadounidense Glenn Miller, exponente por excelencia del llamado swing, modalidad altamente melódica del jazz que se cultivó a partir de la década de 1920, por medio de las big band. Fue quizás el más grande representante de ese momento del jazz orquestal en EE. UU., que alcanzó un alto carácter masivo y comercial.
No soy de los años de Glenn Miller, pero me encariñé con muchas de sus piezas musicales emblemáticas por medio de retransmisiones radiales, por películas de la que formaban parte y pude ver en televisión, y luego, por decisión propia, al adquirir algunos discos (CD).
Hace un año le dediqué una microficción, que pueden encontrar en este enlace.
Hay piezas de Miller que se reviven en nosotros cada vez que llegan estos tiempos de Navidad. Vuelven con su nostalgia y algo de tristeza, su frugal alegría, su elegante sonido orquestal y vocal. Son obras que permanecerán en nuestra historia musical y afectiva, incluso mucho más allá de nuestras cortas vidas, así como las superaron a él, pese a su infausto fallecimiento, cuando iba a dar un soplo vital a los soldados de la Segunda Guerra Mundial.
Seguidamente tres de esas piezas musicales; solo la primera en la versión original. Miller creó una orquesta, que llevaba su nombre, y es la que luego hizo las versiones que aquí difundo.
Jingle bells (Campanas de Navidad)
White Christmas (Blanca Navidad)
Rudolph the red-nosed Reindeer (Rudolph, el reno de la nariz roja)