Pensé hablar de mi abuelo,
pero el no fumaba.
Mi tío Andrés sí,
el olor a tabaco
impregnado en su apartamento,
en el último piso
de un edificio
que él ayudó a construir en Centro Habana,
recuerdo impermanente.
Olor a tabaco,
mascado,
fumado,
por fumar.
Tabaco de bodega,
tabaco de a peso.
Sostengo en mi mano
el recuerdo de un ancestro.
El canje agradecido
de un guajiro
por una poesía.
Serenata de humo y cenizas,
experiencia compartida
que demuestra que,
el tiempo no existe.