El cursor parpadea en la página en blanco. Un metrónomo digital para mi ansiedad. Afuera, la lluvia golpea el cristal de mi ventana con la insistencia de un visitante no deseado. Es la noche perfecta para escribir sobre el miedo, para hurgar en esas viejas heridas del celuloide que nunca terminan de cerrar. Me habían pedido que hablara sobre películas malditas, y mi mente, como un proyector averiado, no dejaba de mostrar la misma imagen en bucle.
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Siempre que pienso en este tema, la misma pregunta resuena en mi cabeza como un eco en una catedral vacía: ¿cuál fue el hecho que más te ha impactado acerca del rodaje de estas películas malditas? Para muchos, son las muertes. Y sí, son terribles, como la del actor Jack MacGowran, cuyo personaje en El Exorcista es el primero en morir, y él mismo falleció de gripe poco después de terminar su participación. O la de Vasiliki Maliaros, que interpretó a la madre del padre Karras y murió antes del estreno. Pero para mí, el verdadero horror no está en la coincidencia macabra, sino en lo deliberado. En el fuego.
Pienso en el set de la casa de los MacNeil. Un incendio inexplicable lo consumió todo durante la producción. Todo, excepto una habitación: el cuarto de la niña poseída, Regan. Los bomberos no encontraron una causa lógica. El equipo, ya de por sí nervioso, comenzó a hablar de algo más que mala suerte. Ese hecho, esa anomalía selectiva, es lo que me perturba. No es la muerte azarosa, es la inteligencia perversa detrás del caos. La sensación de que algo estaba allí, observando, y decidió dejar una firma, un recordatorio de su poder.
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Fue ese detalle el que me llevó a obsesionarme con una película menos conocida, pero igualmente infame de la misma década, El Rito de la Sombra. Si me preguntaran “¿has visto alguna de estas películas?”, mi respuesta sería un sí rotundo y arrepentido, creo que no. La vi hace exactamente un año, impulsada por mi fascinación por el cine de terror y su folclore. La película es, en esencia, una réplica temática de su hermana mayor y más famosa. Narra la historia de Sofía, una niña de doce años que, tras jugar con un extraño tablero de comunicación en el ático de su nueva casa, comienza a manifestar un comportamiento errático y violento. Su madre, una mujer de ciencia y escepticismo, se ve forzada a buscar la ayuda de un sacerdote atormentado por su propio pasado.
La película en sí es una obra maestra de la tensión. No abusa de los sobresaltos, sino que teje una atmósfera opresiva, casi irrespirable. La actuación de la niña es visceral, dolorosa de ver. Pero mi opinión sobre la película está irrevocablemente manchada por lo que vino después, porque esa cinta no se quedó en la pantalla.
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Para entender el alcance de su malditismo, hay que volver al rodaje. Al igual que con El Exorcista, la producción de El Rito de la Sombra fue un calvario. El director, un hombre llamado Julián Vega, era conocido por su obsesión con el realismo, un rasgo que, en este contexto, se volvió peligroso. Quería que el sufrimiento fuera palpable. La actriz que interpretaba a la madre, una veterana del teatro llamada Isabel Rey, sufrió una lesión de espalda permanente en la escena donde su hija la lanza por los aires. En una entrevista posterior, ella misma lo relató, casi con las mismas palabras que usó Ellen Burstyn sobre su propia experiencia con William Friedkin: “Me dijo que el técnico me daría un tirón suave. Me gritó ‘¡acción!’, y sentí que algo se rompía en mi coxis. El grito de dolor que se oye en la película es el mío, real y absoluto”.
Pero el horror más profundo residía en la voz. La voz demoníaca que salía de la pequeña Sofía. Para lograrla, Vega contrató a una actriz de voz, una mujer misteriosa de la que solo se conoce el nombre de “Cora”. Se dice que se encerraba durante horas en un estudio insonorizado, fumando sin parar y emitiendo sonidos guturales que helaban la sangre del equipo de sonido. Inspirado en los métodos usados con Mercedes McCambridge para la voz de Pazuzu —quien, según el libro The Exorcist: Out of the Shadows de Bob McCabe, “se ataba a una silla, tragaba huevos crudos y bebía whisky para torturar sus cuerdas vocales”—, Vega llevó a Cora al límite. El resultado fue una cacofonía tan perturbadora que, según cuenta la leyenda, el ingeniero de sonido renunció a mitad de la producción, alegando que escuchaba las voces en su casa.
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Y aquí es donde mi historia se enreda con la de ellos. ¿Tienes alguna experiencia cercana sobre películas malditas? Ojalá pudiera decir que no.
La primera vez que vi El Rito de la Sombra fue en mi apartamento, solo, con las luces apagadas. La película me dejó destrozad, pero lo atribuí a su eficacia como pieza de cine. Me fui a la cama sintiendo un frío extraño, como si una corriente de aire se hubiera colado por una rendija invisible. La noche siguiente, mientras leía en el sofá, lo oí. Un arañazo. Venía de la pared del dormitorio. Al principio, pensé que eran las tuberías del viejo edificio o un ratón. Pero el sonido era rítmico, deliberado. Scratch. Scratch. Scratch.
Mi corazón se detuvo. Era el mismo sonido que hacía Sofía en la película cuando estaba atada a la cama, arañando la cabecera de madera con las uñas.
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Traté de ignorarlo, de racionalizarlo como siempre lo hago. Pero el sonido persistía, noche tras noche, siempre a la misma hora. A veces, se detenía y era reemplazado por algo peor, un susurro. Un siseo ininteligible que parecía moverse por la habitación, tan bajo que dudaba si era real o solo el zumbido de mis propios oídos. No sentí una presencia como un fantasma de sábana blanca, no. Sentí una contaminación. Como si la película hubiera dejado un residuo tóxico en mi hogar, en mi mente. La maldición no era un espectro, era un virus auditivo que se había replicado en mi realidad.
Una noche, el arañazo fue tan fuerte que salté del sofá. Armándome de un valor que no poseía, me acerqué a la pared y pegué la oreja. El sonido cesó. Y entonces, justo contra mi oído, oí una risa. Una risa infantil y gutural, idéntica a la que Cora había creado en aquel estudio de grabación décadas atrás. Grité y corrí hacia la puerta, pasé la noche en casa de una amiga, inventando una excusa sobre una fuga de gas.
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Nunca volví a escuchar los sonidos con esa claridad, pero el apartamento nunca volvió a sentirse igual. Hay una frialdad permanente en el dormitorio que ningún termostato puede arreglar. A veces, por el rabillo del ojo, creo ver una sombra moverse. He vendido casi toda mi colección de películas de terror. Pero no puedo deshacerme de esa. Es como si temiera lo que podría pasar, si lo intento.
Y eso me lleva a la última pregunta, la que me mantiene despierto mientras la lluvia sigue azotando mi ventana. ¿Crees que solo son supersticiones y hay una explicación científica tras esos hechos o realmente están malditas?
Una parte de mí, la parte lógica que se aferra a la cordura, quiere creer en la psicología, en el poder de la sugestión. Vi una película aterradora, mi cerebro, predispuesto, creó alucinaciones auditivas. El estrés, la fatiga, la soledad. El incendio en el set de El Exorcista pudo ser un cortocircuito. Las muertes, trágicas coincidencias en una producción larga con cientos de personas. El director William Friedkin, en su autobiografía The Friedkin Connection, escribe: “Nunca sentí una presencia sobrenatural en el set, pero sí una atmósfera de negatividad y presión extremas”. ¿Era eso? ¿Una simple acumulación de energía negativa humana?
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Pero luego, otra parte de mí recuerda el frío, el arañazo rítmico, la risa en mi oído. Recuerda el cuarto intacto de Regan. Recuerda a la actriz Isabel Rey con la espalda rota y al ingeniero de sonido que huyó de las voces de Cora. Recuerda que la película no solo muestra el mal, sino que parece invocarlo, darle una puerta de entrada.
Quizás no son las películas las que están malditas. Quizá son portales. Celuloide y sonido digital que, al ensamblarse de la manera correcta, con la intención correcta, abren una grieta muy fina en el tejido de la realidad. Y a veces, solo a veces, algo se cuela a través de ella.
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El cursor sigue parpadeando. Afuera, la lluvia amaina. Pero en el silencio que deja, me parece oír, muy a lo lejos, el inicio de un rasguño en la pared.
¿Ustedes qué pensarían? ¿Se atreverían a comprobarlo?
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