Volvió a acariciar la gema con temor y respeto, y la devolvió al encierro de la caja fuerte, como si se tratase de un prisionero condenado a cadena perpetua.
Esa maldita piedra le había arrebatado uno a uno a sus seres queridos, y ahora solo le quedaba su última hija, por quien temía. Debía encontrar la manera de acabar con la maldición que lo había poseído.
Arnaldo tenía claro que la vida era solo un breve espacio entre una inhalación y otra, y que la gente como viene se va, por lo general sin marcar un hito en el tiempo vivido, pero la sola idea de perder a su hija lo aterraba y estaba dispuesto a dar su propia vida por ella si fuese necesario.
Y no es que el concepto de la muerte le fuera extraño y ajeno, pues estaba acotumbrado a verla, sentirla y estudiarla. Desde su infancia había sido el ayudante de su padre, quien era el dueño de la única funeraria y además el sepulturero del pueblo.
Levantar cuerpos, limpiarlos, arreglarlos, velarlos y sepultarlos había sido su rutina diaria por años, primero como ayudante de su padre y ahora como heredero del negocio de la muerte.
Ese pequeño negocio que había iniciado el humilde sepulturero del pueblo, ahora se había transformado en una empresa que generaba grandes sumas de dinero, suficientes para que varias generaciones vivieran sin preocupaciones en medio de la abundancia.
Pero había un misterio detrás de aquella fortuna y el cambio radical de vida que había experimentado la familia, y más que ser una bendición había sellado el destino de todos sus miembros.
Todo comenzó una calurosa mañana de verano, cuando una hermosa mujer, de tal vez unos 20 años de edad, entró a la oficina pidiendo un servicio funerario especial, siguiendo al detalle las instrucciones dejadas por su difunto padre.
El cuerpo del excéntrico hombre debía ser totalmente vaciado de todos sus organos internos, incluyendo el cerebro; su piel debía ser deshidratada y disecada para después ser embalsamada con escencias y aceites aromáticos. En la base del cráneo, donde se asienta lo que los indúes llaman el chakra coronario, debía ser colocada una antigua gema roja engastada en un marco de oro que ella entregó, y finalmente el cuerpo debía ser envuelto herméticamente con vendas de lino embadurnadas en cera de abejas y depositado en un ataúd natural de mimbre de sauce rojo.
El sepelio debía efectuarase por la noche en una sección de tierra al lado del panteón, donde yacia el resto de la familia, en una fosa sin encofrar de 4,5 metros de profundidad, ni más ni menos.
El padre de Arnaldo no hizo preguntas y se abocó al caso con toda la discrección y diligencia que lo caracterizaba. Conocía la trágica historia del magnate que estaba por sepultar, quien había perdido a cada uno de sus familiares por una extraña enfermedad que los iba secando en vida hasta que solo quedaban los huesos forrados con una piel curtida y tostada. Todos murieron de la misma forma menos él, que fue declarado muerto por envenenamiento con terpeno, y su hija menor, quien lo había llevado a la funeraria y de quien no se supo más después de ese día.
El ritual mortuorio fue llevado a cabo al pie de la letra por el padre de Arnaldo con la asistencia y ayuda de él.
Después de aquel extraño y complejo sepelio, la fotuna comenzó a sonreirle a la familia de Arnaldo, con abundancia, riqueza y lujos; pero jamás abandonaron el negocio de la muerte.
Todo parecía perfecto hasta que, luego de 7 años, su padre comenzó a manifestar signos de aquella extraña y contagiosa enfermedad que le hacía perder rápidamente su masa muscular, dejando practicamente su piel pegada a los huesos hasta causarle la muerte. Lo siguió su madre, después su esposa y finalmente su hijo mayor. Parecía inevitable la extinción de la familia.
¿Qué había hecho Arnaldo para merecer aquella especie de maldición acaecida sobre su gente?
Sosteniendo el diamante rojo entre sus manos, recordó cuando su padre le encomendó la tarea de fijarlo sobre el chakra coronario del cadáver de aquel excéntrico hombre, antes de envolverlo en el sudario de lino, y que en su lugar había puesto una piedra común, conservando para sí la codiciada gema.
¿Habría sido la gema la causante de su bienaventuranza y también de su desgracia?
¿Estaba dispuesto a sacrificarse para salvar la vida de su última heredera, como quizá había hecho aquel oscuro hombre de antaño?
Acarició la gema con temor y respeto, y la devolvió a la caja fuerte, junto con su testamento e instrucciones mortuorias detalladas para ejecutar en caso de algún imprevisto, sabiendo que su vida ya estaba condenada, más que a cadena perpetua, a pena de muerte.
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INICIATIVA DE SPOOKY ZONE: "Objetos malditos, el terror en un objeto material"
... crear una historia ficticia donde un objeto maldito sea el causante de todo el caos... cuya extensión mínima sea de 350 palabras en un mismo idioma.