La luz se apaga, cuando le doy la espalda;
viene un olor dulzón, azucarado.
La piel se eriza tras un fugaz contacto,
lo justifico con la brisa (la que no está soplando).
En un rincón, dos fuegos que me observan;
la sombra sigilosa que me acecha.
Es solo un gato, canoso, que me odia;
sus ojos de reproche casi queman.
La luz se enciende para mostrar los restos
del que llamaba hogar, siendo una niña:
la vieja mecedora, un cuatro, un cesto;
siguen en el lugar, como volver el tiempo.
Viene el olor dulzón con mis recuerdos,
como pasadas noches, imposible;
la oigo arrastrar los pies (me tiembla el cuerpo),
la mecedora acuna lo invisible.
Dejé el hogar por perseguir un sueño,
volví a sus restos sin más que mis pedazos;
sé que fallé por defender mi orgullo,
por rechazar, arrullo de sus brazos.
La luz se apaga, se rompen los floreros
—debió temblar— repito en mi cabeza.
Es la locura tocándome la puerta,
la trae la culpa, salada, que me pesa.
Las velas que encendí por mis fracasos,
las debo en el altar de mis ancestros.
Sé que te enfurecí, no haces el viaje,
prefieres ser razón de mis tormentos.
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Este poema es mi participación para la tercera edición del concurso de , un espacio para crear pesadillas. Si quieres saber más al respecto o participar, acá te dejo el link a la convocatoria.
Imágenes de mi autoría, tomadas con teléfono Motorola Edge 30 Neo y editadas en Snapseed.