Capítulo 1 — El corazón del paraíso
La isla caribeña parecía respirar vida. El sol caía lento sobre playas de arena blanca, el mar era de un azul hipnótico y la vegetación lo envolvía todo con una exuberancia casi excesiva: palmeras altas, flores carnosas, sonidos de aves invisibles. El aire era tibio, dulce.... engañoso.
De dia el lugar prometía descanso. De noche algo distinto se despertaba.
El Hotel Aurora se alzaba como una joya moderna frente al mar. Lujos silenciosos, pasillos largos, alfombras gruesas que apagaban los pasos. Muy cerca un hospital completamente equipado, quirúrgico, pulcro, demasiado avanzado para una comunidad tan pequeña. Y más atrás, casi oculto por la vegetación, la estación de policía, humilde, con tan penas dos agentes asignadas.
La comunidad era reducida, solo adultos, entre veinticinco y cincuenta años. No había niños. Ese detalle no estaba escrito en ningún folleto turístico.
Las responsables de la seguridad eran Julia Martínez y a Sarah Rodriguez, detectives de la policía local.
Julia, 35 años, alta, atlética, rostro anguloso, cabello oscuro, siempre recogido. Sus ojos marrones tenían una dureza adquirida tras años de ver lo peor del ser humano.
Sarah, 37, de estatura media, cabello rizado castaño, mirada clara y penetrante. Psicóloga criminal antes de ser detective. Su voz suave contrastaba con su capacidad de descifrar mentiras.
Aquella tarde, un catamarán llegó rompiendo la calma del muelle. Ocho personas descendieron.
Patty y Lola fueron la primeras. Empresarias, herederas de una fortuna familiar ligada a inversiones inmobiliarias y fondos privados.
Patty, 40 años, delgada, postura rígida, vestido blanco impecable. Sonrisa medida, ojos fríos.
Lola, 38, explosiva, provocadora, vestido rojo intenso. Reía alto, bebía sin pudor, vivía como si el mundo le debiera algo.
Tras ellas, el matrimonio:
Mery, 36 años, modelo internacional, acostumbrada a flashes y miradas. Belleza perfecta, casi artificial.
Joaquin, 39, cirujano plástico de renombre. Elegante, pulcro, manos cuidadas al extremo. Observaba a todos como si fueran cuerpos en una mesa de operaciones.
Leyla descendió sola. 40 años, inversionista y filántropa. Refinada, silenciosa. Su piel clara, su cabello negro y su mirada profunda daban la impresión de alguien que siempre sabía más de lo que decía.
Finalmente, la familia:
Cesar, 40 años, ingeniero en telecomunicaciones. Barbara, 40, terapeuta ocupacional y Alina su hija.
Alina tenia entre 12 y 13 años. Delgada, cabellos castaño, gafas que ampliaban unos ojos inquietantemente atentos. Inteligencia fuera de lo común. Amante de Sherlock Holmes. Veía lo que otros ignoraban.
La cena de bienvenida se celebró sé misma noche.
Luces tenues, música suave. Copas que tintineaban. Julia y Sarah asistieron como invitadas, no como autoridades.
Las presentaciones fluían.
—Empresarias —dijo Patty.
—Modelo —sonrió Mery.
—Cirujano plástico —añadió Joaquín.
—Inversionista —susurró Leyla.
—Ingeniero —dijo César—. Y mi esposa, terapeuta
—Y yo leo misterios —intervino Alina, sin levantar la vista de su libro.
El ambiente se relajo. El alcohol ayudó.
Entonces Julia, con voz tranquila, lanzo la pregunta:
—Díganme… ¿cuál creen que es la forma más espeluznante de morir?
El silencio cayó de golpe. Incluso la música, pareció bajar el volumen.
En ese instante, sonó un celular.
—¡Rim..rim..rim!
Lola miró la pantalla. Su expresión cambió. Se levantó sin sonreír.
—Disculpen —dijo—. Ahora vuelvo.
Y se alejó por el pasillo.
Patty bebió de su copa y, forzando una risa, respondió:
—Para mí… lo peor sería que te claven un cuchillo en el—
El grito atravesó el hotel.
—¡Ah... ah… ah!
Un alarido agudo, desgarrador.
Una mucama corría por el pasillo, pálida, temblando.
—¡La habitación… la habitación!
Todos corrieron. Todos... menos la pequeña Alina.
La habitación estaba bañada en sangre. Lola yacía en el suelo, ojos abiertos, expresión congelada en terror absoluto. Una herida profunda en el centro del pecho. No había corazon.
Julia y Sarah reaccionaron de inmediato. Desalojaron el lugar. Nadie tocó nada. El cuerpo fue trasladado a la morgue del hospital.
Patty se derrumbó en llanto.
Mery vómito en el baño.
Joaquin permanecía extrañamente sereno.
Leyla observaba en silencio.
Cesar abrazaba a Bárbara con fuerza.
Y en una esquina, la niña Alina no lloraba, miraba. Sus ojos se clavaron en un detalle imposible:
La manilla del reloj de uno de los presentes.
—Durante la cena era azul. Ahora… es blanca. — Susurro suavemente la Alina.
No hubo tiempo, pensó. No si todos corrieron directamente aquí.
La investigación revelo algo mas:
Patty y Lola no eran hermanas de sangre. Eran hermanastras. Se odiaban. Disputaban una herencia millonaria. Con la muerte de Lola, Patty heredaba todo.
Motivo había, coartada también.
Pero alguien había hecho algo innecesario. Algo íntimo. Algun ritual. Había extraído el corazón.
Preguntas para abrir el abismo:
• ¿A quién observa Alina desde la sombra? • ¿Por qué un asesinato tan preciso… y tan simbólico? • ¿Qué conexión hay entre el hospital y la forma de morir? Porque en esta isla, nada —absolutamente nada— es lo que parece.
Imagen tomada y creada en Canva