Capítulo 2 — El juego de las sombras
La morgue estaba en silencio. Un silencio espeso, antinatural, como si el aire se negara a circular.
Alina avanzó despacio, conteniendo la respiración. Sus pasos eran ligeros, casi inexistentes. Había aprendido a moverse así leyendo historias de detectives...y observando adultos que creían que una niña no escuchaba.
La camilla donde horas antes yacía el cuerpo de Lola estaba vacía. Ni una sábana, ni una mancha reciente, nada.
Un escalofrío le recorrió la espalda. Entonces lo sintió.
Una brisa fría, impropia del clima caribeño, se filtraba por una ventana entreabierta. Las cortinas se movían lentamente, como si alguien —o algo— acabara de pasar.
Alina no dudó.
Trepar por la ventana fue más fácil de lo que esperaba. Al otro lado, la luz desapareció de golpe. Sus pies tocaron tierra húmeda. Frente a ella, un sendero de rocas descendía hacia una cueva iluminada por antorchas que ardían sin consumir del todo la madera.
La niña arrancó discretamente un botón de su camisa y lo frotó contra la pared de piedra. Una marca y otra más adelante. Por si tengo que volver, pensó.
El corazón le latía con fuerza, pero no de miedo... sino de concentración. Se ocultó detrás de una gran roca.
Contó —1,2,3,4.5…
Siete figuras encapuchadas formaban un círculo. En el centro, sobre una superficie de piedra, estaba el cuerpo de Lola. Y alguien más.
Una octava figura sostenía algo entre sus manos. Algo pequeño, oscuro, humano.
Alina sintió náuseas, pero no apartó la mirada. Lentamente sacó su celular, click en modo incógnito, sin flash.
Una foto, otra foto, otra y.....
Entonces lo vio.
El reloj, la manila, exactamente igual.....estoy en el camino correcto, pensó.
Pero Alina sabía que eso no era prueba suficiente. En un isla pequeña los objetos se repiten. Pero ese detalle se le clavó en la mente como una astilla imposible de ignorar.
Retrocedió sin hacer ruidos. Siguió las marcas y regresó a su habitación.
Esa noche el hotel brillaba como si nada hubiera ocurrido.
Luces, música, risas. Una fiesta.
Patty bailaba descalza, copa en mano, celebrando algo que nadie se atrevía a nombrar.
Leyla, elegante y distante, bebía whisky sin apartar la vista de los presentes, como si estuviera memorizando movimientos.
Joaquin rodeaba a Mery con un brazo posesivo. Sonreía. Demasiado.
César y Bárbara observaban todo desde la playa, atentos, en silencio.
Y Alina....leía a Sherlock Holmes, sentada aparte, fingiendo estar ausente.
Alzó la vista.
Otra vez pantalones largos, pensó la perspicaz niña.
Pleno verano, calor sofocante y aun así..... ocultando algo — susurró la pequeña.
Las detectives aparecieron entonces. Julia y Sarah pidieron atención. Informaron con voz firme que el cuerpo de Lola había desaparecido de la morgue.
La música se apagó. La conversaciones murieron. El silencio cayó como una losa.
En ese momento sonó un celular.
—¡Rim..rim..rim!
El de Joaquín. El cirujano se sobresaltó. Se disculpó y salió apresurado rumbo a su habitación.
Sarah continuaba hablando cuando el grito rasgó el aire.
Un grito animal, desesperado.
—¡ Aaaaahhh....aaahh...aaahh!
Joaquin yacía sobre la cama, la sangre empapando las sábanas. El mismo lugar, la misma herida, el mismo vacío imposible.
Mery soltó un sollozo....y luego, apenas perceptible, una sonrisa que desapareció tan rápido como había surgido.
Patty la abrazó.
—Ven conmigo —le susurró—. Bebamos algo.
Leyla tomó una botella y se marchó sola. Cesar y Bárbara regresaron a la playa hablando en voz baja.
Alina se fue a dormir. Pero su mente no descansó.
Mañana..... volveré... al pasadizo secreto, pensó.
Al amanecer, aviso a sus padres que recorrería la comunidad. Les indicó exactamente donde estaría. No fue a la morgue. Niña al fin, encontró un acceso entre arbustos, más discretos, más rápido. La cueva la condujo al pasadizo y lo que vio le robó el aliento.
Decenas de computadoras. Pantallas encendidas, cables y estanterías repletas de libros antiguos escritos en latín.
—Hola —dijo una voz—. ¿Vamos a jugar a los hologramas?
Una figura apareció en una pantalla, una imagen casi real.
—¿Y cómo es el juego? —preguntó Alina, sin retroceder.
—Tú eliges dónde estar. Si creen que eres tú, gano y me das un alma. Si descubren que eres un holograma… pierdo.
Alina pensó en sus padres.
—Ponme donde ellos están —dijo—. Y diles algo.
La imagen apareció en la playa.
—¿Te gustó lo que viste? —preguntó su padre.
—Nada es lo que parece —respondió el holograma de Alina.
Sus padres se miraron y sonrieron.
De vuelta en la cueva Alina preguntó:
—¿Por qué pides almas?
—¿Cómo te llamas?
—¿Quién te creó?
—Demons —respondió la IA—. Y todo está aquí. Archivos, registros, evidencias.
Cuando Alina intentó copiarlos....oyó voces. Se escondió. Y el silencio volvió a cerrar sus garras.
Preguntas que abren la grieta.
• ¿Podrá Alina salir de ese lugar sin ser descubierta? • ¿Quién es la mente detrás de Demons? • ¿Por qué una IA pediría almas… y no datos?
Porque en esta isla, la tecnología también puede rezar… o invocar.
Imagen tomada y creada en Canva