Diana detuvo su labor y me miró de soslayo con aires de molestia, como el artista que es interrumpido en medio del éxtasis de su musa. Luego, quizás recordando la situación, se excusó diciendo que sólo le falta ponerle algo de rubor y terminaría… ¡Ella siempre había sido una perfeccionista!
—¡Listo! —celebró unos segundos después. Con cierta aire de petulancia, preguntó si no se veía mucho mejor. Y sí, tenía razón; el rostro había mejorado increíblemente. De hecho, ya no lucía pálido sino lozano, como si la mortaja de la muerte hubiese caído del cadáver. No pude menos que alabar su trabajo. Alabé el exquisito tono de labial que había elegido.
—Pues, sí, debo reconocer que luce mejor que cuando llegué —le dije—. De hecho, se ve como si estuviese… ¡Mmm!... ¿cómo decirlo?...
—¿Viva? —sugirió Diana enarcando una ceja.
—Sí. ¡Eso!... de hecho, parece que sólo duerme.
Diana sonrió complacida por el elogio y los ojos se le perdieron entre los pliegues de su rostro. Mientras volvía a organizar sus herramientas y pinturas, observé un momento más al cadáver recién maquillado y algo dentro de mí se removió al punto casi de las náuseas. De pronto tuve la extraña certeza de que, en cualquier momento, la muerta abriría los ojos y saltaría a la vida como si nada. ¡No lo resistí más!,
—¿No te parece grotesco maquillar a los muertos para que parezcan vivos? Ahora que lo pienso, me parece que los muertos deben lucir como muertos.
—Un poquito de tacto no te haría nada mal —subrayó Diana al momento de cerrar su maleta. Luego de un momento, ambas nos reímos por su acotación.
Después de unos segundos, Diana me miró fijamente. Con voz trémula y mucho tacto, me dijo: «estás algo demacrada».
—No es para menos —me excusé, avergonzada—. Esto de trasladar muertos es un trabajo agotador. Una no tiene mucho tiempo para ciertas cosas.
Diana arrastró una silla, la puso frente a mí y la golpeó a modo de invitación.
—Siéntate. Déjame hacer algo con esas ojeras.
No sé por qué, pero obedecí y la dejé hacer conforme a sus artes. Diana se apresuró a disponerlo todo sobre la mesa nuevamente y estuvo por largo rato sobre mi rostro, revoloteando con sus pinceles, polvos bases y delineadores. Yo no recordaba cuándo había sido la última vez que me hice un retoque, ni lo bien que se siente hacer algo por amor a una misma. Cuando ella acabó y por fin pude mirarme al espejo, mi rostro lucía como el de una hermosa catrina. «Ahora sí estamos listas» sentenció ella con voz alegre… Yo sólo afirmé con un gesto y sin dejar de mirar mi reflejo.
Diana observó por un momento más al cadáver sobre la mesa antes de volver a hablar: —Gracias… por dejarme maquillar mi rostro por última vez —susurró.
Sonreí complacida.
—La otra maquilladora no lo habría hecho mejor —bromeé. Ella sonrió. Entonces la tomé de la mano y la llevé conmigo al más allá.