El jefe Seattle, la naturaleza y el coronavirus
El Gran Jefe Blanco de Washington ha ordenado hacernos saber que nos quiere comprar las tierras. El Gran Jefe Blanco nos ha enviado también palabras de amistad y de buena voluntad. Mucho apreciamos esta gentileza, porque sabemos que poca falta le hace nuestra amistad. Vamos a considerar su oferta pues sabemos que, de no hacerlo, el hombre blanco podrá venir con sus armas de fuego a tomar nuestras tierras. El Gran Jefe Blanco de Washington podrá confiar en la palabra del jefe Seattle con la misma certeza que espera el retorno de las estaciones. Como las estrellas inmutables son mis palabras.
¿Cómo se puede comprar o vender el cielo o el calor de la tierra? Esa es para nosotros una idea extraña.
Si nadie puede poseer la frescura del viento ni el fulgor del agua, ¿cómo es posible que usted se proponga comprarlos?
Con estas frases tan claras como manantiales empieza el discurso con el cual el Gran Jefe indio Seattle, de la tribu de los Swamish, le respondiera a principios del año 1855 a Franklin Pierce, a la sazón Presidente de los Estados Unidos de América, quien a finales de 1854 le había enviado una carta planteándole la idea de que los indios le vendiesen a los colonos blancos una enorme extensión de tierras en el noreste de los Estados Unidos, que constituyen gran parte del actual Estado de Washington, donde vivían desde tiempos inmemoriales los descendientes de esa tribu.
Esta mañana, luego de releer ese texto (como un resultado positivo del confinamiento social y voluntario que estamos cumpliendo en nuestro hogar a causa del coronavirus COVID-19) donde se muestra de manera descollante el vínculo esencial de todo lo que nos rodea con el medio ambiente no pude dejar de relacionarlo con esta pandemia que estamos sobreviviendo.
Este virus brotado por primera vez en la ciudad de Wuhan, República Popular China, el coronavirus SARS-CoV-2, nomenclatura dada por el Comité Internacional de Taxonomía de Virus (ICTV, por sus siglas en inglés) que, según el Mapa mundial del coronavirus, hoy alcanza a más de un millón de personas infectadas arrojando la pavorosa cifra de más de 52.000 muertes en el mundo y que empieza a extenderse por países que albergan los sistemas de salud más insuficientes del mundo, le está echando en cara al hombre que continúa procediendo de manera absurda contra la naturaleza en lugar de respetarla y protegerla porque es parte orgánica de ella.
¿Hoy, qué penitencia estamos pagando como civilización que corremos a lavarnos las manos con el jabón del miedo al rozar la piel del amante o de la hermana?
Hoy estamos tratando de domar al potro salvaje del hambre en el encierro, hoy estamos viendo pasar la primavera desde lejos, detrás del cristal cerrado de las ventanas del alma, encapuchando nuestro rostro con máscaras que entre otras cosas nos niegan la gracia de aspirar el néctar de las flores, de respirar el éter de la libertad.
El día de hoy, de manera insólita, la humanidad se semeja demasiado a un caracol recluido y congelado en la desierta isla del temor.
Imagen de Gerd Altmann en Pixabay
Dice el Jefe Seattle:
Ustedes deben enseñar a sus niños que el suelo bajo sus pies es la ceniza de sus abuelos. Para que respeten la tierra, digan a sus hijos que ella fue enriquecida con las vidas de nuestro pueblo. Enseñen a sus niños lo que enseñamos a los nuestros, que la tierra es nuestra madre. Todo lo que le ocurra a la tierra, le ocurrirá a los hijos de la tierra. Si los hombres escupen en el suelo, están escupiendo en sí mismos.
Esto es lo que sabemos: la tierra no pertenece al hombre; es el hombre el que pertenece a la tierra. Esto es lo que sabemos: todas la cosas están relacionadas como la sangre que une una familia. Hay una unión en todo.
Lo que ocurra con la tierra recaerá sobre los hijos de la tierra. El hombre no tejió el tejido de la vida; él es simplemente uno de sus hilos. Todo lo que hiciere al tejido, lo hará a sí mismo.
Todos aquellos regentes económicos y políticos que con desprecio a la naturaleza han estado vertiendo desde hace tanto tiempo tantos desechos tóxicos en nuestras contaminadas bocas; las mentalidades centradas en más poder para dominarlo todo con sus desbarajustes, sus majaderías y ambiciones desmedidas; hasta el más humilde de los seres que inhalan hoy esta atmósfera venenosa. Todos. Todos deberíamos reflexionar sobre nosotros mismos, sobre nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro.
Ojalá que esta experiencia límite que nos sostiene en un vilo nos sirva para dejar de asumirnos como los amos de la naturaleza, para dejar de autoflagelarnos. Ojalá que entendamos que somos esencia de ella, hijos de la Madre Gaia, arcilla de la Pachamama bondadosa, abejas de la gran colmena.
Tenemos el derecho natural a culminar nuestro paso sobre esta tierra sagrada con dignidad, con todo lo humano que por dentro nos late. Todos nosotros, de manera individual y como género, debemos ser responsables y garantes de lo que suceda en este nuestro hogar, en esta nave estelar donde somos pasajeros hacia la eternidad.
Tenemos el deber espiritual de heredar praderas fértiles a nuestros descendientes (esas semillas vegetales que han estado esperando por siglos dentro de nosotros como nosotros lo hicimos dentro de nuestros padres ancestrales) para que ellos observen cómo se descuelgan los columpios del otoño, cómo se abren las alas de la primavera, escuchen el canto del mar, toquen la escarcha helada de la nieve y, a su vez, entreguen la rosa púrpura del corazón, el testigo saludable, a la humanidad que debería florecer mañana. Ojalá que durante el presente sobresalto mundial suceda el milagro que nos haga reflexionar sobre el pasado y actuar con sabiduría mirando hacia el futuro para que no se cumpla en nosotros, de manera terrible, las palabras finales del mensaje que Seattle vaticinó hace más de siglo y medio:
¿Qué ha sucedido con el bosque espeso? Desapareció.
¿Qué ha sucedido con el águila? Desapareció.
La vida ha terminado. Ahora empieza la supervivencia.
Nota: Las citas del discurso del jefe Seattle
fueron tomadas de esta página en Wikipedia
Gracias por leer