Bajo el signo de Acuario, nací un 24 de enero de 1989 en una Tegucigalpa todavía con clima frío en sus venas. Las reglas del mundo me las enseñaron dos mujeres controladoras, manipuladoras, territoriales y tenaces, por tanto, crecí pensando que esas eran virtudes. Como marcada con una cicatriz de un rayo en la frente, viví en una alacena hasta que tuve edad suficiente para ser rebelde, tozuda y atrevida. Aprendí a jugar ajedrez y a leer a los seis años y desde entonces no he parado de hacerlo, ni siquiera cuando al entrar a la universidad, decidí que mi vocación serían los números aplicados a la construcción. En mi décimo cuarto cumpleaños descubrí que me gustaba contar historias y aunque leo más de lo que escribo, aprovecho cada rincón de tiempo y espacio para hacerlo, y de preferencia, con cigarro en mano.
Me ha tocado ser estudiante que trabaja; haragana, aunque versátil. He ganado dinero recaudando impuestos para el Estado y también sirviendo como intérprete entre gringos y latinos. Recibiendo quejas de clientes molestos y movilizando químicos por toda Centroamérica.
Honesta, “dicotómica”, maternal (sin hijos), ingeniosa: palabras que robé de mis amigos más cercanos para definirme. Soltera circunstancial, pero enamorada de las mujeres y recientemente también de los gatos. Autodidacta de todo aquello que secuestre mi atención y mi súper poder es aprender idiomas por mi propia cuenta.
Vegetariana de corazón, pero carnívora por costumbre. No comienzo mi día sin una taza de café y no lo termino sin haber visto una película. Los aviones son mi juguete favorito.
Creo en Batman, Snoopy y en Anakin Skywalker como mis tótems. Creo en el cine como objeto unificador de las artes. Creo en el jazz, Bach, Gustavo Cerati y John Mayer para darle ritmo a los días difíciles; en el calentamiento global y en el dolor de vientre como dos de los males que salieron de la caja de Pandora. Creo en la gente apasionada e intensa como motor de cambio. No creo en Dios ni en los celos.
Los libros me arruinaron y ese es mi mayor homenaje a Don Quijote. Con Madame Bovary como seudónimo, he corrido desde que la conocí y aunque hace poco me tomé un descanso, retomé el camino, pero ya no para huir sino para terminar mis metas: una ingeniera civil que escribe.