
Nací en Caracas, la vieja ciudad de los techos rojos, desvanecida entre las arenas del tiempo. Un lugar híbrido al que el progreso tocó muchas veces, pero nunca pudo arropar del todo. Mi “ciudad de la furia, donde nadie sabe de mí y yo soy parte de todos” como cantó Cerati. Un lunes de noviembre, cerca de las dos de la tarde, me nombraron Stella y desde entonces soy parte de la pequeña familia Ziroldo Rubino, gracias a que mis abuelos lograron huir de la Segunda Guerra Mundial y pudieron recomenzar sus vidas aquí, junto a dos maravillosas mujeres venezolanas.
Crecí entre domingos de spaghetti, meriendas de galletas María y Maltas, inventos de prosciutto con melón, gritos de futbol y pasiones por la Fórmula 1. Mis tardes de vacaciones les pertenecieron a Pinky y Cerebro, Fenomenoide, Animaniacs, Thundercats, Las Tortugas Ninja, Los Looney Toons… en la sala de estar de la casa de mi abuela en el interior del país, lugar aburridísimo en mis recuerdos, pero al que me gustaría regresar mil veces más.
He vivido casi 23 años en un país lleno de gente carismática e ingeniosa, con talentos incalculables, pero carente de memorias. Por eso, desde hace 19 años, se nos han venido encima cada uno de los problemas que hemos intentado esconder bajo la alfombra desde los inicios de la República. Somos fanáticos de la demolición del pasado, preferimos olvidar y terminar cometiendo los mismos errores.
Afortunadamente, las movidas del Universo me colocaron en un pasillo lleno de mística, magia y amor, donde pude descubrir las fibras de mi pasión. Los estudios literarios son mi escape, pero también mi ventana de regreso a la realidad. Enamorada de las letras de mi país y las del resto de Latinoamérica he logrado construirme un oasis entre tanta incertidumbre, permitiéndome sobrellevar esta situación descabella, comprenderla, saber desde hace cuánto arrastramos estos pesares y porqué.
Giro en torno al lenguaje y él gira en torno a mí, a nosotros. Por eso no resultó difícil comenzar a trasladar mis lecturas a espacios como el del cine, la pintura, la música e incluso la repostería. Suena loco, lo sé, pero las palabras poseen la majestuosidad de hacerlo posible. Por eso mi más grande anhelo es crear un espacio donde todas estas artes convivan en armonía, un café en el que la personas se sientan a gusto de compartir no sólo sus experiencias, sino también sus maneras de interpretar la vida. Un sitio en el que se aprenda de las memorias, por más dolorosas que sean. Un oasis materializado para quien lo necesite.
Pero por ahora, mientras navego en las aguas rumbo a esa siguiente aventura, y por culpa de mi amigo
, les estaré mostrando, desde este rincón del planeta, lo interesante que puede ser el mundo literario, además de publicar anécdotas relacionadas con la música, la pintura, el cine, el teatro y cualquier otra cosa que me cause inquietud.
Nos estamos leyendo,
Zirolda.
