El zarpazo tatuado en el rostro del árbol escarlata. Nadie besa el viento, nadie vuela por los cimientos de la cueva, nadie para los desmayos.
La marca del invisible a lo largo de tu vientre. Y debajo de la marca un grito tan estridente que te ciega y te hace saltar los ojos. Para qué los necesitas, para abrirlos y cerrarlos cada noche, para clavárselos a las paredes de tu cueva y probar a ver si con el paso de las horas consigues romperlas.
El espacio sueña, sufre, rompe, llora, teme.
La bala que te despierta por las noches y te susurra despacio cuentos de una loca que asesinaba a los niños en la calle mientras les susurraba despacio al atravesar sus entrañas de juguete.
Somos lo que hacemos y hacemos lo que queremos mientras podemos. Siempre dependemos de lo que tenemos para poder ser mientras hacemos con lo que tenemos o podemos. Una y otra vez tratas de confundir al espejo con tus cabriolas y filigranas. Haces lo que puedes. Pero sabes que el espejo no te va a sonreír ni aplaudir nunca. No lo haces para alcanzar aprobación, actúas por impulsos de tu espíritu, el espíritu quiere atravesar el cristal. El espíritu, muñeca cutre en las manos de un pederasta que escribe sobre las maravillas de una niña perdida en el laberíntico mundo del espejo.
Y el problema es que una vez que entras no puedes salir del trance (eso es lo que te parece). Si atraviesas el espejo correrás el peligro de equivocarte de camino y llegar al lado sombrío del cristal, como la cara oculta de la luna, allí es donde están todos los que dejaron de hacer para tomarse unas vacaciones… el problema es que luego no recordaban el camino de vuelta a sus casas y se quedaron atrapados, algunos querían volver otros no. Allí acompañarás a los niños de la calle que fueron susurrados por la loca de los cuentos nocturnos de una bala. Tienes miedo de perderte y desear volver, tienes miedo de no poder hacer lo que quieres, de no poder hacer. Porque no hacer nada es el único lujo del que te has hartado.
El espacio, no siempre está vacío.