4.30 p.m y el vuelo Bogotá-Madrid empezaba a abordar por la puerta número 5.
Estoy acostumbrada a estar en un terminal de transporte porque mi vida universitaria la hice a 800 kilómetros de mi hogar; las despedidas pasaron a ser muy constantes y aprendí a manejarlas con la mejor actitud teniendo siempre una una sonrisa y abrazando muy fuerte a mi familia.
He visto en dicho sitio situaciones de todo tipo como llanto, nostalgia, rabia, besos, discusiones, mareos, compra desmesurada de chuches para el trayecto, desespero, visitas irregulares al baño y en las últimas ocasiones un conato de gente reunida con despedidas amargas.
Bogotá en esos días tenía un clima bastante gélido y a pesar de ser una ciudad muy bonita, consideraba que mi cuerpo no estaba preparado para tanto frio. Mi estadía estuvo acompañada con sensaciones parestesicas en manos y pies hasta esa zozobra que genera cada partida. Empaque dos abrigos para ese viaje (uno de mi madre) y aunque consideraba que estaba lo suficientemente abrigada, Bogotá me demostraba que se necesita más que una simple chaqueta para ahí vivir.
Montarte en el Transmilenio es recordar la hora pico en el Metro de Caracas hasta observar lo imponente que se ve la Atenas de Suramérica desde La Calera son experiencias imborrables.
Fue un trayecto de 45 minutos hacia el aeropuerto y mientras miraba por la ventana del vehículo pensaba en la vida que había dejado en la ciudad donde estuve por casi 3 años trabajando para una clínica, en las experiencias que tuve en ese centro de rehabilitación, en el día que me dieron la oportunidad de empezar a laborar en ese lugar y en el sueldo que en un principio me alcanzaba para comprar casi diariamente mi almuerzo en Mc Donalds, donde mis conocimientos estuvieron al servicio de muchas personas y mis antojos eran saciados por un cafetín repleto de golosinas.
Entre corriendo a la zona de embarque después de ser requisada durante 30 minutos por un policía que preguntaba insistentemente que haría en España y el motivo de mi viaje, que me hacía creer que llevaba algun psicotrópico y donde por un momento pensé que realmente llevaba algo ilegal. Al ingresar le pregunte a una señora que se encontraba haciendo una cola bastante larga y me dijo: Los pasajeros de “Primera Clase” hacían fila hacia el lado derecho y el resto hacia el otro lado. Ya en nuestros asientos ligeramente incomodos por su ubicación tan próxima al baño, mi compañero de viaje dirige su mirada hacia mí y sin mencionar palabra alguna nos dijimos: “Llegó el día”.
Con una oración de San Patricio en la mano despedía mentalmente a todo lo que penosamente dejaba atrás y empecé a ver como en una pantalla se visualizaba el tiempo estimado de vuelo atravesando el Atlántico y sobrevolando por unos minutos Venezuela.
Ese día solo pude despedirme de 2 señores que nos dieron hospedaje en su hogar y donde probé desde el “Ajiaco” hasta el chocolate caliente que no faltaba en los desayunos, la gaseosa Colombiana y la famosa “Changua”. Personas muy amables, respetuosas, cultas y con un corazón gigante.
Próxima parada: Madrid.