Nunca he sido precisamente un libro abierto, pero tampoco le he puesto candado a mis páginas.
He tomado el hábito de narrar mi vida desde que tengo uso de razón, por ello me resulta tan poco usual hablar de mí con una lluvia torrencial de palabras y no como acostumbro, con pequeñas gotas que van creando charcos a los que les resto importancia.
He aprendido que esta costumbre nace al querer responsabilizar a un narrador omnisciente de las desgracias ordinarias. Pero el lápiz siempre ha estado en mi mano.
Tal vez por eso empecé a escribir y no sé si lo amo porque es difícil o es difícil porque lo amo.
O tal vez es mi perfeccionismo disfrazado, con el que he luchado desde hace tanto y me ha succionado la constancia desde siempre.
Mis palabras tienden a estar sumergidas en la nostalgia irremediable. He pasado gran parte de mi vida de sitio en sitio, y se me salpica en todo lo que creo. Especialmente mis casas, y las casas que no han sido mías, están en todas partes cuando escribo.
Cuando pienso en mí, en mi vida, tiendo a hacerlo como una especie de película más glamorosa de lo que realmente es. Todo lleva una paleta de colores precisa, exacta. Como lo que escribo, como lo que dibujo.
Si veo detrás de mi hombro, siempre se me olvida ver realmente lo que he logrado, aunque las sombras me arrastren de vez en cuando y tenga que volver a buscar la luz entre la niebla y la tierra.
Hace nueve meses dejé el país en que nací. No fue hasta ese momento de miedosa libertad que me di cuenta de que las raíces siempre permanecen bajo tierra, pero las ramas deben erguirse.
A veces lo que escribo es una línea con principio y fin, y otras veces solo me difumino en la distancia sin saber si sigo allí o no.
Y honestamente pienso que las presentaciones son complicadas porque siempre sorprenden en la mitad de la vida, nunca en el principio. Sé que lo escriba, mientras evolucione, podrá decir más de mí que yo en este momento.
Tengo veinte años. De los cuales he pasado viviendo de ciudad en ciudad porque allí es a donde me ha llevado la vida y sus extrañezas.
Puerto Ordaz, Bolívar, Venezuela.
Me gusta pensar que por ello he aprendido a apegarme a lo más esencial. A los catorce años encontré refugio en escribir y actualmente poseo un blog en el que publico poesía. Además de leer y escribir, me encuentro fascinada por el arte, la fotografía y la arquitectura.
En 2017 dejé mi país, Venezuela, y actualmente vivo en España. Desde que llegué aquí empecé a sentirme abrumada y sobre saturada con ciertas redes sociales, especialmente las informativas, que me bombardeaban con noticias crueles de lo que seguía (y sigue) sucediendo en mi país.
Anteriormente había luchado contra problemas de ansiedad y depresión que fueron aumentando naturalmente con la adaptación a un nuevo sitio y el abandono de otro que conocía tan bien. No fue suficiente, sin embargo, el dejar de un lado las redes y me percaté de la manera en que inevitablemente el flujo de información se cuela en nuestras vidas sin nuestro permiso.
En cuestión de meses pasé a ser una adicta a escribir en mis redes a realmente sentirme opresa por ellas y su ambiente tóxico. Tal vez eso incluso afectó a mi escritura y la actualización de mi blog.
No fue si no hace recientemente que empecé a leer sobre el minimalismo, esta forma de vida que a mi parecer, mientras más leo sobre ella, más siento que me libera de este mundo fabricado para sobre saturarnos.
Actualmente me encuentro en un proceso de cambio, si no es realmente eso la vida: un cambio perenne e irremediable; por el que me siento curiosa de ver cómo esta nueva versión de mí más ligera y en busca de calma genuina influye en mi poesía, que no es si no el reflejo de la persona que soy.
Aquí estoy entonces, cambié mi cabello, mis ideas, mis palabras.
Espero que puedan empatizar con lo que les comparta. Mis heridas y triunfos los difumino entre metáforas que les invito a interpretar.