Tuve una infancia como la de muchos niños latinos, crecí al lado de mis abuelos o “Mis papas” como acostumbraba decirles, era un pequeño curioso, lleno de ansias de aventura reflejada en mí por las caricaturas que veía para aquel entonces.
Mi abuela; quien era una artesana, fue inculcándome el aprecio hacia las manualidades, la pintura, el dibujo y otras expresiones artísticas. A medida que crecía, mi mente se iba desenvolviendo ante el color y no ante los juegos de las calles como muchos otros niños de mi edad. Mis primeras obras, consistían en recortes, juguetes hechos con material reciclable, dibujos de líneas temblorosas y colores apagados además de alguna que otra “escultura” improvisada con los utensilios de cocina.
Mi colorida travesía comenzó desde una muy tierna edad donde, de la mano de mi abuela; fui descubriendo mi gran gusto y amor hacia el arte.
Mi primer amor, a diferencia de lo que muchos esperarían, fue una caja de colores Faber Castle que mi tutora cuidaba con mucho recelo. Mis creyones escolares no pintaban con igual vives, por lo que; con cara de súplica y la típica excusa de “Los volveré a colocar donde estaban al terminar” logre que la mayor terminara por cedérmelos. De allí en adelante mis constantes exploraciones a través de la vieja casa, fueron reemplazadas por horas de prácticas.
Esos colores nunca regresaron al cajón de la mesa de planchar donde yacían escondidos…
Una de mis primeras desilusiones llevadas aun desde muy pequeño fue cuando en primaria se había encargado la tarea de llevar al día siguiente un dibujo del día de la alimentación, por lo que yo con mucha emoción y orgullo quise realizar mi dibujo sin ayuda de mi abuela, recuerdo algunas uvas, manzanas y demás frutas además de una cebolla, mas este dibujo nunca fue exhibido en la pared del salón como uno de “Los más bonitos”
A medida que fui creciendo, y con mi ya devuelta tutela en manos de mi madre, esta fue derrumbando ladrillo a ladrillo mis sueños de convertirme en algún pintor futuramente; esas ideas me deprimían pero siempre lograba volver a enfocarme en mi pasatiempo favorito; por lo que, podemos asumir que dibujar nunca fue algo constante para mí.
Lo dejaba y lo retomaba, a veces por cuenta propia, otras por orden de mis padres, esta última en dependencia de mi desempeño escolar y mi comportamiento.
Al llegar a 3ro de secundaria, siendo un chico algo fuera de la línea de lo “normal” y con pocos amigos, decidí volver con mi hobbie favorito. Un dibujo se convirtió en tres y tres se volvieron diez y con el pasar de los días me había adentrado tanto en el mundo del dibujo que este era mi único método de desahogo y distracción. Los dibujos con guías y el copiar ideas ajenas con el tiempo se volvió absurdo por lo que mis ideas comenzaron a ser plasmadas en el papel en conjunto de mi perspectiva de la realidad y de lo que se hallaba en el interior de mi mente.
Mis obras van desde escenarios fantásticos a personajes nacidos de mis desvaríos diarios, obras en las cuales predomina el color, el brillo, la lucidez y la fantasía a veces combinada con la monotonía diaria.
Y asi es como llegamos hasta aquí.
Mi nombre es Eidember Rojas, tengo 19 años, soy un artista de Ciudad Guayana, Venezuela; mi estilo de dibujo está basado en el estilo manga/anime mientras mi técnica se basa en creyones de madera sobre hojas blancas. Soy un joven soñador, esposo de la azúcar y amante del café con complejos de un ser místico elemental y con una problemática y variable mentalidad.
Si te ha gustado lo que leíste, estate al tanto de mis futuras publicaciones, saludos, nos leeremos prontamente.