Pasaron los días, convertidos en años y ese cuento quedó en la familia como una anécdota bañada de ingenuidad y pureza.
Jesús se graduó de Ingeniero Civil y debió abandonar la casa, buscando su vida personal y profesional. Se instaló en casa de dos compañeros de estudios, en Guanare, convertidos en hacedores de viviendas, carreteras y sueños.
Con el tiempo, fue llamado para que trabajara en la edificación del Santuario de la Virgen de Coromoto y nuevamente la vivencia infantil salió a flote.
Mamá, Emelina Mejía de Vega o Doña Eme como cariñosamente le decían los estudiantes universitarios que vivían en mi casa como residentes, se sentía orgullosa de su hijo y siempre repetía: ¿Cuándo vamos a conocer la iglesia de la Virgen?
Fue así como se organizó el viaje. 18 personas nos instalamos en casa de Jesús. Nuevamente, la familia estaba reunida y Doña Eme haciendo su mejor papel: el de mamá y abuela.
Al día siguiente, desde muy temprano comenzaron los preparativos para la visita al templo de la Virgen. Con gran emoción salimos y al llegar, Jesús agarró de la mano a mamá y la llevó a recorrer todas las instalaciones, en especial los espacios físicos que él construyó.
Nos llevó al mirador y desde allí observamos la majestuosidad de la obra y sus alrededores, cuando repentinamente se escuchó el Ave María. Este momento nos emocionó a todos y mamá no pudo ocultar las lágrimas.
Para calmar los sentimientos, alguien dijo: Vamos a sacarnos la foto…! Surgieron las sonrisas, los abrazos y la alegría.
Y allí está, vivo el recuerdo de aquel día que mamá conoció la iglesia que ayudó a construir su hijo para la Virgen.
>Texto y foto propias