Hace muchos años tuve en mis manos el primero de una serie de libros del autor Carlos Castaneda titulado Viaje a Ixtlan. Decir que me gustó es poco, me atrapó al instante porque todo lo que huele a primigenio, chamán, aborigen, nativo, primitivo ejerce magnetismo en mi interés. A ese libro le siguieron y no en este orden, Las enseñanzas de Don Juan, El don del águila, Una realidad aparte, El arte de ensoñar…
Creo en la existencia de conexiones, vínculos que nos ligan a cuanto nos rodea, sea que lo percibamos o no; que todo es energía, que el ánimo, la intención, el amor, el odio, la alegría, el miedo son energías poderosas, unas negativas y otras positivas; que la palabra pronunciada se debe cuidar con celo, que aniquilamos sistemáticamente saberes y tradiciones valiosísimos por simple ignorancia o prejuicio, que constantemente atentamos contra nosotros mismos cuando recreamos, resentimos, nos quejamos y compadecemos por todo lo negativo en nuestra cotidianidad.
Cuando conocí a Don Juan, a través del trabajo de Castaneda, me maravilló su mundo brujo, sus posibilidades para nada familiares pero fascinantes en su misterio, quería ser una guerrera, ensoñar, viajar, ver. Nada de eso fue posible, aunque sí dejó suficiente curiosidad para aceptar las maravillas de lo que perdemos a punta de “educación”.
Dice Don Juan que al nacer somos todo Nagual. Percibimos todo, vemos la energía que nos envuelve, la que envuelve todo. Luego viene el aprendizaje de lo que es y lo que no es. Primero nuestros padres, familiares, luego nuestros maestros y así una larga cadena de enseñanzas que nos aferran a la cotidianidad: el Tonal. Es el precio a pagar para ser parte de algo, para pertenecer a un mundo conocido aunque todo lo demás siga allí sin ser notado. O sí?
A todos no pasa alguna vez. Una intuición, un déjà vu, una sombra, un brillo, un sobresalto al despertar, un escalofrío, una vibra rara, un nudo en el estómago, sólo un furtivo vistazo a eso que perdimos.