Hoy el cielo de la capital porteña se tiñó de celeste; el barrio de San telmo - donde vivo temporalmente- parece sacado de la imaginación de un artista, - o de varios-, con sus calles pintorescas, llenas de arte reciclado por todos lados, de plantas sembradas en botas, de amaneceres espléndidos. San Telmo es el barrio que nunca duerme. Son esas caminatas programadas cada domingo temprano para encontrar maravillas en el cesto de la basura - o hacer el intento-; pero no hoy, hoy es día de ir al trabajo, así que estoy en el subterráneo imaginando mi vida en el barrio - porque me gusta creer que soy parte de el-con una sonrisa en los labios, esperando el tren que ya tiene quince minutos de retraso, mientras intento lidiar con el calor húmedo y asfixiante que nos otorga hoy Buenos Aires, hoy más que nunca detesto ir al trabajo, dejando atrás mi cálido hogar y a mi amor medio quebrado, esperando por mi, para intentar reencontrarnos - a veces en vano-, y es así, una y otra vez, incesantemente. Por eso canto cada día para lidiar con el tiempo, a veces funciona, a veces no hay forma de calmar el hastío. A pesar de lo bello, de lo estético y de lo prometedor de la ciudad de la furia, nos sentimos desolados, de a momentos el, de a momentos yo. Y para lidiar con eso hace falta mucho más que amor, es necesario compasión y entrega. Hace falta combatir el sinsentido, pero cómo. ¿Como se combate eso?
Foto propia tomada hace un par de meses desde un MotoG5S plus.
Desde una terraza ajena. Foto propia tomada por un MotoG5S plus.