Cuando puedo aprender cosas nuevas y desaprender aquellas que no ofrecen nada positivo.
Cuando me río con ganas y sonrío desde el espíritu.
Cuando suelto el pasado y me libero de cargas innecesarias: temores, culpas y arrepentimientos.
Cuando entiendo que hay menos imposibilidades y limitaciones de las que creemos.
Cuando doy la bienvenida a personas y experiencias que brindarán aprendizaje y crecimiento a mi vida.
Cuando la gratitud se desborda por cada uno de mis poros y la plenitud me ilumina la mirada.
Cuando la meta diaria es dar lo mejor y mi propósito se mantiene intacto: ser y hacer desde el amor.
En ese momento entiendo que el infinito es un fragmento de futuro en permanente creación, en el cual sólo yo decido hacia qué dirección volar. Entonces suelto mis manos, respiro, fluyo, confío y me apropio del mayor regalo que he recibido del universo: la maravillosa oportunidad de vivir...