𝔠𝔞𝔭𝔦𝔱𝔲𝔩𝔬 1 - 𝔢𝔩 𝔰𝔢𝔠𝔲𝔢𝔰𝔱𝔯𝔬
En el invierno las rutas de Buenos Aires son excepcionalmente frías. A la madrugada, termino mi primer turno y a veces hago tiempo para otro. A mitad de la semana, el camino está desolado. El pavimento congelado, refleja estéril la pálida luz de los gigantes faroles led último modelo. Revuelvo mi cartera buscando un tabaco. Como habito, intento pensar poco y los recuerdos de mi último cliente no ayudan. Un anciano desagradable y encorvado. Su flácido cuerpo parecía un chicle viejo, masticado y peludo.
Agh! Sacudo mi cabeza. Revivirlo solo lo hace más real, olvidar puede desvanecer lo real. El olvido como el recuerdo son herramientas. El olvido es práctico, un arma de doble filo; pero sumamente eficiente. Tapo el viento con mis manos para encender el faso. El viento como cien látigos afilados, rasguña mi piel. Me acomodo la falda y camino para “Lo de Pepe” un barcito, muy tranquilo en la zona, rústico, gastado, de paredes grafiteadas por el humo constante en el ambiente. Casi nunca consigo clientes aquí, la mayoría son solo entes atraidos por la bebida barata y un lugar cálido. Publicidades ilegibles de Coca-Cola de hace 30 años, sillas enclenques, piso de mosaico gastado, en otras épocas blanco; repleto de parches grises por doquier. Recipientes viejos como el bar, llenos maní; en la barra. Grasosos como todas las manos que revolvieron su interior. La luz amarillenta, débil y parpadeante; una sensación de no oscuridad más que de iluminación. No es el lugar para una dama, pero no siempre lo fui.
– ¿Cómo andas Tami? - Me pregunto Pepe, medio de curda como siempre – Hace frío hoy ¿te sirvo un gin tonic? - preguntó guiñándome un ojo.
– Ese gin berreta que usas me va a agujerear el hígado Pepito, girame una cerveza mejor -
Pepe lanzo una estruendosa carcajada, después tosió fuerte, acto seguido, prendió un cigarro. Nos quedamos conversando un rato, hasta que miré el reloj y me di cuenta que podía enganchar un último cliente si tenía suerte. Apuré el trago empinando la botella de manera poco femenina. Siempre me sentí muy cómoda en éste bar. Me dirigí a la zona donde ofrecemos nuestros cuerpos. Nosotras nos ubicamos sobre la ruta, debajo de esta hay un puente. Ahí es donde ocasionalmente practicamos servicios cortos y discretos, más que nada a los traficantes que viven fumando basura blanca en una pipa improvisada en una lata.
La potente iluminación led, se corta debajo de éste agujero como si ahí; el mismo diablo y la miseria tuvieran un lugar predilecto en la tierra. Sólo algún auto pasa por ese tramo, rápido, casual; con luces bajas. Se sabe que los dealers que ahí residen están medio pasados de rosca y roban y apuñalan a cualquier cosa que respire.
A nosotras no, las chicas son clientes, y a mí, quizás por mi tamaño y hosquedad, me respetan. Los clientes regulares a éstas horas ya suelen estar ocupados, así que no muy convencida de mi éxito, me situé debajo de la parada del colectivo donde estaban algunas de mis compañeras bebiendo algo y fumando porquería. Se escuchaban las risas de los delincuentes debajo de nuestros pies en la oscuridad.
En el silencio y el frío calculaba si tenía lo suficiente como para pagar la pensión esa semana. Ensimismada en mis pensamientos, no vi al auto negro que se acercaba a casi paso de hombre. Instintivamente, acomode mi falda y orienté el escote para exhibir mi busto. Bruto coche, como recién sacado de la concesionaria. Se detuvo dónde yo me encontraba. Escuche el zumbido de la ventanilla descendiendo lentamente de la parte trasera. Sólo atisbé a ver una brasa, en la oscuridad de lo que olía como un Habano. Una mano gorda, con anillos grandes y piedras brillantes; me hizo una seña para que me acercara. Sentí como la mirada del extraño se clavaba en mis senos y analizaba cada detalle de mi cuerpo. Se abrió la puerta del vehiculo y entré. Cómodos asientos de cuero, fuerte olor a tabaco. Atiné a señalar al conductor y advertí que no trabajo con grupos.
-El sólo maneja- fue la respuesta, mis ojos comenzaban a acostumbrarse a la oscuridad. Logré vislumbrar lo que probablemente fuera un costoso traje hecho a medida. Negro, de tela suave como pude comprobar al acariciar su pierna.
– ¿Vamos a tu casa?- Pregunté, ya que en los hoteles no permiten el ingreso a más de dos personas.
–Si- Contestó, seco, mientras delicadamente sacaba mi mano de su pierna.
El desconocido tomó un vino y sirvió dos copas.
-¿Cómo te llamas linda?- Preguntó el extraño mientras me acercaba una copa y vaciaba de un trago la suya.
–Tatiana. No bebo cuando trabajo- Dije sin intención de despreciar la copa que me alcanzaba.
–Bueno, pero ésta es una ocasión especial- Dijo mientras volvía a ofrecerme la copa
-¿Qué celebramos?- Pregunté mientras vacilando la tomaba entre mis dedos
–Es el cumpleaños de mi hijo- Contestó. Vislumbre una mueca que según sus estándares debía ser una sonrisa. Quiero darle un regalo especial. Mojé mis labios con el vino, el sabor fuerte y dulce embriago mi olfato y durmió la punta de mi lengua.
–Un regalo especial y le llevas un travesti viejo y gordo – Dije soltando una carcajada. El tipo volvió a llenar su copa y su mueca/risa se extendió a lo largo de su rostro.
–El pibe tiene gustos raros, siempre fue el raro de la familia- Dijo y algo en su voz me inquietó.
-¿Dónde queda tu casa?- Pregunté.
Sentía como mi voz retumbaba en mi cabeza y que mis piernas y brazos cosquilleaban. Me sentía cálida y cómoda.
–Uff que vino fuerte. ¿No le habrás puesto nada raro no?- Por mi peso y altura, soy bastante difícil de embriagar.
Pero mi mente no estaba funcionando con claridad. El vino definitivamente estaba adulterado. Me sentí muy cansada, caí pesadamente sobre el respaldo de cuero. Luchando por mantener la conciencia. Escuche las trabas de las puertas cerrándose al unísono y supe que tenía que hacer algo, pero mi cuerpo no respondía.
La copa había caído en mis zapatos y sentí el vino espeso escurriéndose entre mis dedos. Me hice la inconsciente, de nada servía balbucear sin poder defenderme. Preferí que hacerlo creer que estaba dormida.