Sólo hay un tema que puede hacerle la competencia en frecuencia de aparición en los textos literarios a los del amor y muerte. Ahora que lo pienso, es simplemente una variación de estos grandes tópicos: y es el del paraíso perdido de la infancia.
Cuando los grandes nos topamos cercanamente con los pequeños (cuando era niña llamaba a los adultos "los grandes") los tiempos caen de golpe en la mesa como con el peso de una gran enciclopedia que cae del cielo.
Así de aplastante lo sentí ayer, cuando hablábamos mi hermano y yo con el vecino de nueve años que estaba en mi casa. De pronto nos pusimos a calcular lo que estábamos haciendo en el 2008, año en que él nació. Sobre la mesa había un álbum de fotos, mi hermano con seis años y yo once, de repente, tan de repente como levantar la vista y ver a ese señor barbudo con la misma cara del niño al que le falta el diente en las fotos, y sentir que son la misma persona, que veinte años duran lo mismo que una semana. ¿Qué ha pasado en este hueco, en el lapso entre esas fotos y el presente en el que estamos con este niño (con su insolencia de un presente que no acabamos de tocar)? Veo solo al niño, a mi hermano, es barbudo, pero es igual que ese otro niño.
En mi casa, allá en Lima, no había un limonero con frutos dorados como en los recuerdos machadianos. Pero teníamos una higuera y jilgueros. Los recuerdos saben a fruto del que no venden en este país, pertenecen al exótico país de la memoria.