En 1890, un escritor por entonces célebre (a la vez que criticado) llamado Oscar Wilde (1854-1900) crearía y publicaría una de las obras que, hasta el día de hoy, siguen siendo consideradas como canónicas, dentro del movimiento artístico decimonónico, denominado "esteticista".
El soberbio prefacio con el cual el autor nos incita a valorar la belleza de la obra maldita, da paso a una narración en la cual los sentimientos homoeróticos parecen comprimirse con dificultad, en el corazón del pintor Basil Hallward, cuando recuerda la esbeltez de su amigo y (casi) aristocrático modelo, Dorian Gray.
El, insiste, es la FORMA. El ser artístico, tan añorado por su ejecutor visual. Así se lo hace ver a su colega Henry Wotton, en una reunión informal que mantienen ambos, dentro de su estudio. Nunca ha realizado un cuadro tan perfecto, y, a la vez, tan distante de él, bajo la batuta de su propio pincel.
Pero así ha sido. Ante la entrada de su misma musa en una estancia anexa, Basil decide que su mejor obra vaya a parar a manos de su Narciso particular. Un regalo que el pobre Gray acepta a regañadientes, con el objetivo de no enfadar a su preciado amigo.
Pero no todo es arte en la vida. Tras ésa reunión, y después de algún que otro coloquio con Henry, Dorian conoce, en una función teatral, a una joven y encantadora actriz, llamada Sybil Vane, de la cual rápidamente se enamora… Hasta tal punto llega su admiración por ella, que, ciego por el interés, invita a sus amigos a contemplarla de nuevo en otra función, de la cual, extrañamente, queda absolutamente decepcionado.
No entendiendo ésta diferencia, Gray obliga a sus colegas a marcharse, y conversa furioso (a la vez que triste) con la propia mujer, la cual sólo sabe responder de su fracaso con una misma palabra. AMOR. Un término vacío para Dorian, el cual, rápidamente, la aparta de su camino, para ya no volver a verla nunca más. Ha fracasado. Miserablemente. Una mala actriz de tantas como ha… No lo puede entender.
Entonces, tras regresar a su hogar, se sienta en un rincón apartado de su propia casa y decide volver a mirar el cuadro que su amigo Hallward le ha enviado, no mucho antes. Su retrato. Sí, es él… pero… Parece diferente. Como cambiado. Como si fuera más… Siniestro.
(Este ensayo se publicó en laletracomida.wordpress.com) (Yo soy el propietario del blog)