A veces es muy fácil quejarse, culpar a otros o minimizar las cosas para deslindarse de un problema, pero debemos tener la madurez de enfrentar los fracasos cuando el único culpable ha sido uno mismo. Examinemos nuestras aciones, corrijámonos a tiempo, y tengamos la humildad de arrepentirnos y reconocer cuando fallamos.
Muchas de nuestras quejas pueden ser simplemente el resultado de la negligencia propia. No esperes resultados positivos ni la bendición de Dios en algo que estás haciendo mal o indebidamente; de igual manera, no esperemos ningún tipo de resultado en lo que ni siquiera estamos poniendo esfuerzo alguno.
—Stephanie P. O.