Como consecuencia del ascenso meteórico de la cultura del "Bar", el tabaco de alta gama es casi siempre proyectado en los medios como la pareja clásica de diferentes bebidas alcohólicas, en una representación en extremo limitada que, siendo justos a la verdad, obvia cruelmente un gran número de contextos en donde el cigarro puede asumir roles más interesantes.
El caso del café es sin duda uno de los más evidentes, toda vez que a cualquier paladar, incluso uno sin particular refinación, le será fácil prever las posibilidades sensoriales que se pueden abrir al acompañar un buen cigarro, con algo tan versátil como esta popular infusión. La promesa de una mezcla exótica, apalancada por las propiedades energizantes de la cafeína y la suave calma que induce la nicotina, ya por sí sola puede despertar curiosidad en cualquiera.
Abriendo o cerrando jornada, al término de una agradable comida, en el medio de un merecido descanso vespertino; estos amigos (ambos ritualistas por naturaleza) parecen darse la mano a toda hora y en una infinidad de circunstancias.
Siempre lo vamos a afirmar: Maridar es una tarea de experimentación, signada por la actualidad del gusto personal; pero más allá de esta premisa, una buena clave para combinar de forma ideal su cigarro favorito con el café, va a estar en la búsqueda del equilibrio entre la fuerza y complejidad de ambos, dejando esta vez que la armonía prevalezca sobre el contraste irreverente. Por ejemplo: tabacos de notable fortaleza puede pueden recibir con gratitud el caldo de un café de gran cuerpo, proveniente de granos seleccionados que han sido fermentados bajo exigentes protocolos de control, rico en los tonos que derivan de un tostado intenso; en el otro extremo, tabacos suaves, de baja complejidad, se entienden mejor con infusiones de granos de menor procesamiento, con un tostado más bien ligero, o donde la personalidad ha sido rebajada como consecuencia de un colado más tradicional; los aportes de cada uno deben darse la mano, adularse mutuamente tanto en sus coincidencias como en sus notas distintivas, nunca anularse por efecto de la imposición; incluso la cremosidad de un latte puede crear una envoltura seductora para un cigarro liviano, añadiendo una dimensión mucho más placentera a la fumada de este último.
Disfrutar del humo desafía nuestra percepción sensorial de varias maneras, hay una delicada lucha por controlar la astringencia y el amargor, la resequedad y la salivación, el frío y el calor; y no se hace simple manejar la variedad de impresiones aromáticas que pugnan por dominar nuestro mecanismo olfativo. Todo pide frescura y apaciguamiento, y es allí donde el café puede constituirse en un aliado de excepción, aportando un vehículo para transitar el camino y disfrutar, desde una mejor perspectiva, de las cadenas reactivas que se desatan tanto en la boca como en la mente.