Memorias de un artista asesinado
Recuerdo haber despertado la mañana de un sábado. Nunca me había emocionado tanto por un amanecer. El primer soplido del viento tenía olor a petricor de primavera y acariciaba levemente mi piel, el sol radiante se escurría levemente por mi ventana alentándome a disfrutar del día.
Recuerdo haber esbozado una leve sonrisa cuando escuché aquella progresión de acordes que resonaba por toda la casa, tocada por Bela y sus delicadas manos. No pude resistirlo y decidí transmitir esa paz y armonía a un lienzo. Pulcro y perfecto. Los colores chispeaban, vivos, frenéticos; y nada podía compararse con ello. Luego desperté con un chasquido.
–Recordaste. –dijo mi compañero al lado.
–Discúlpame. No volverá a pasar.
–No quiero problemas con Ellos en la red. –dijo completamente neutro y seco.
Todo era gris. Una realidad muerta. Apagada. Eran kilométricas las filas a mi alrededor de gente silenciosa frente a un computador. Ni siquiera sabía que hacíamos, solo que estábamos ahí sentados, inertes y tecleando.
Mi reflejo en la pantalla mostró un algo que se vio hace mucho tiempo en la disyuntiva que lo cambiaría todo. Ellos nos preguntaron algo que poco a poco olvidamos, algo que siempre estuvo ahí pero que evitábamos tal vez por miedo o por egoísmo.
¿Libertad u Orden?
Que importaba recordar, todos elegimos el orden. Por miedo a la extinción elegimos matar los colores que nos hacían sentir vivos. Todos elegimos ser uno con todos y preservar a los humanos más no nuestra humanidad.
A veces me pregunto si valió la pena. Solo a veces.