Siempre quise encontrar un portal, ir por a otra dimensión y correr una aventura fantástica antes de regresar ilesa a casa, sana y salva, como “la muchacha de la película” que me correspondería ser. En mi imaginación exacerbada por libros, novelitas y películas, el mundo al que accesaría estaría lleno tanto de peligros como de encantos y fantasía triunfando siempre estos últimos. Jamás pensé que encontrar un portal se convertiría en mi peor pesadilla y quizá en la de la Humanidad.
Acá estoy, en una carrera contra el tiempo, jugándome el futuro de toda la raza humana en una competencia que no comprendo y para la que no estoy preparada. Es una lucha extraña, en una arena similar a la de las películas de gladiadores, pero no me enfrento a una fiera o, por lo menos, no a la clase de fieras a las que estoy acostumbrada. A mi espalda el portal, luminoso, centelleante, movible, una invitación a cruzarlo que atrapa sólo con su vista. Frente a mí el monstruoso cerebro gigante que sólo espera derrotarme para cruzar el umbral y dar al traste con siglos de progreso y adelantos (aunque también desaciertos) de la raza humana.
La lucha es desigual: El cerebro maloliente y pegajoso me bombardea con imágenes violentas y repulsivas que debo combatir y desintegrar con pensamientos de bondad y amor, algo que no se conoce en su mundo.
El tiempo marca el último ataque. Mi defensa: pensar en el amor de las madres. Me desplomo. Le veo desintegrarse. Para mi sorpresa…he vencido.
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