¿Lo encontraste?
Dos hombres se adentraron al monte cerrado. Sus lámparas iluminaban ramas escalofriantes y las sombras que proyectaban parecían vivas. Hablaban de cuando eran niños, recordaban noches de juegos de barajas y cuentos de espantos mientras sus padres, precisamente, cazaban en esas mismas tierras. Reían.
Son primos. Rafael aceptó la invitación de ir a la finca de encuentro familiar y superar los conflictos de sus padres. El primo disparó y se fue tras un conejo. Desapareció en la oscuridad.
La lámpara de Rafael falló. Una brisa húmeda rozó su cuello y una voz vieja, áspera y fuerte le gritó al oído:
-¿Lo encontraste?
Un escalofrío le subió desde los pies hasta erizarle el cabello. Paralizado, inhaló profundo. Otra voz respondió, muy lejos, como un silbido que el viento trae:
-¡No!
Rafael caminó con apuro por donde se fue Rodrigo. Se detuvo en seco. Esta vez más lejos, la voz insistió:
-¿Lo encontraste?
-¡No!
Aquella respuesta era cercana, como alguien que viene acechando.
-¡Deja la vaina, primo!
De nuevo la interrogante. Cada vez más alejada, la voz sonaba como un silbido que el viento se lleva:
-¿Lo encontraste?
Rafael se terció el rifle y subió a un árbol. Corazón acelerado. Ojos apretados. Recordó el cuento que escuchó de niño del ente que castigaba a quien entra al monte a matar, que nunca sabías si estaba cerca o lejos.
Crujieron hojas del suelo, se quebraron ramas cerca de él. Un viento le congeló el sudor en la nuca.
Una voz fuerte, áspera y enardecida respondió en su oído:
-¡Sí!
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