Memoria de sabores
Lazos de sangre o de hojaldre y miel. No me decido y estoy perdiendo la paciencia. Lo dulce me tirria pero tengo hambre salada.
Salado era aquel carnicero. Sus salpicaduras y su reventado ojo, esparcida la hiel sobre mi antebrazo. Me palpo el codo, la cicatriz del cuchillo. De buena me libré en aquella cabaña. Sonrío, no lo hago a menudo, pero es que el orondo carnicero tropezó hacia atrás con un tronco recién cortado. Recuerdo sus graciosas brazadas en el aire para mantener el equilibrio. El rictus de pánico cuando, ya caído, vio mis lubricados dientes.
En aquel bosque manaba una fuente. Viví un tiempo allí. Un lugar sereno, sin apenas humanos. El agua sabía a cerezas. Dulce. Gana el dulce. Excepto aquella vez en el tren a vapor. La tarta de fresa con tres capas de nata en el vagón comedor. Empacho. Vomité. El camarero me sonrió con condescendencia. Las damas de la otra mesa cuchicheaban. Su sangre me supo algo áspera y anémica. La del camarero, en cambio, estaba bien salada y llena de hierro. La mejor en décadas. Tiempos traqueteados fueron aquellos. Me dirigía al Oeste buscando a mi perdido hermano. Tenía esperanzas de encontrarlo. No lo he hecho todavía. Es extraño cómo me agarro a su existencia, a su recuerdo de risas y lloros. Puso un continente de por medio entre nosotros. A ese nivel llegaba su odio.
Este hojaldre parece terso y grácil, nada pesado. La miel es de montaña. Brezo y romero. Sigo luchando por no comer salado hoy.