Rodeando las montañas y arroyos del infierno, más allá del bosque lluvioso de Kayah-Karen, yacían sus cuerpos.
_¡Al fin lo encontramos! _Exclamó Johnatan
_¿Tienes idea de lo peligroso que es esto? _Replicó Ana
Había una poesía escrita en la primera página, parecía más bien una advertencia. "Leer debes el poema con tu mente, jamás en voz alta lo harás, si lo haces, terribles cosas ocurrirán. Fuego en el cielo desatará, aquel que haga caso omiso a éstas palabras, la responsabilidad de sus acciones asumirá". El corazón es como una piedra rodante, no se detiene a medir las consecuencias, la insaciable curiosidad de Johnatan ganó la batalla ante la razón.
Un estruendo estremeció la tierra bajo sus pies, un remolino de fuego iluminó el cielo, luego un olor nauseabundo impregnó todo el ambiente, Ana se desplomó mientras vomitaba lo que parecían trozos de vidrio, su cuerpo se retorcía como muñeca de trapo, se podía escuchar el craquear de los huesos al golpear una y otra vez su cuerpo contra las rocas, su sangre salpicó por doquier, Johnatan trató de sujetarla, pero fue imposible, al cabo de un rato todo cesó, la chica yacía inmóvil en el suelo, su compañero se acercó en un intento para socorrerla, una lágrima rodó por su mejilla, y de repente, Ana abrió los ojos mirando fijamente a su compañero, el joven notó que algo no estaba bien.
_¿De quién es la sangre? _Preguntó la chica
No fue hasta segundos antes de su muerte, cuando Johnatan se percató de que lo que tenía frente a él ya no era Ana.