A medida que caminaba por aquel pasadizo, los gritos se hacían mucho más aterradores. Un hedor cobrizo y a podredumbre le golpeó las fosas nasales; las arcadas no se hicieron esperar.
Quiso correr, pero el miedo le paralizaba. La criatura olisqueó el aire moviendo inquieta las alas de la nariz. Se giró despacio; aún entre sus piernas colgaba la placenta sanguinolenta que permanecía atada a aquel cuerpecillo. La criatura gimió, pujando con fuerza; la placenta se desplazó, llevando consigo al pequeño que todavía sostenía entre las manos.
—Cariño —siseó la criatura, relamiéndose los labios y acercándose a él.
—¡No te me acerques! —gritó, sintiéndose aún paralizado por el miedo.
La criatura siguió acercándose, despacio, con aquel andar tan propio de los depredadores.
—¿Acaso ya no te resulto atractiva y apetecible, cielo? —preguntó irónica.
—Desde luego que no, eres una… —intentó terminar la frase, pero la garra de aquella bestia, le destrozó la garganta.
—Sí, soy una abominación, no me dices nada nuevo —espetó con desdén, adoptando la apariencia de una hermosa mujer.
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