Mea culpa...
Soy Jesús y tengo ansias de inmortalidad. Nada puede saciarme, mis deseos trascienden más allá de la piel de hombres y mujeres, no existe pasión que pueda calmar este ímpetu en mi ser. Todo cambió aquella maldita noche. Jamás debí aceptar la invitación de aquella universitaria; un beso en la boca, otro en el cuello y después, dos pinchazos que poco a poco me consumían en un profundo abismo. Desde aquella noche descubrí que puedo escuchar el silencio de la oscuridad ¡Sí! Puedo escuchar lo que otros no pueden.
Primero fue Magdalena, mi novia. No pude soportar morder su delicioso cuello, mi deseo por su intimidad se convirtió en sed de sangre. Gemía mientras chupaba cada gota de su vida. Pronto despertará siendo otra, siendo mía en los eones por venir. Luego mi padre, José. Estará conmigo hasta el fin de los tiempos dándome sus consejos. Y mi madre, María. Ella sufría mientras tomaba su vida,
yo sufría con cada una de sus lágrimas. Ella me dio la vida, ahora yo le di la vida eterna.
Escribo estas palabras antes de cometer la peor de las atrocidades, es el turno de mi pequeño hermano Ángel. Allí está, en su cunita, dormido, inocente de este mundo podrido y maldito, nació para vivir por siempre. Maldita noche aquella, maldita mujer que me sedujo, me maldigo por sucumbir al deseo, por mea culpa, aquellos a quienes amo se han convertido en mi alimento. ¡Perdóname Ángel! Ahora debo disfrutar de vuestra tierna sangre. No puedo aguantar más...
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