Él
Lo veo acercarse al mismo tiempo en que yo me acerco, hasta que quedamos frente a frente y me muestra un esbozo de su sonrisa. Dirige su mirada poco a poco a mis ojos. Su leve sonrisa se vuelve diferente, se distorsiona segundo a segundo. Veo como una mueca tierna se transforma en una cruel, sádica y errática. La luz tenue ilumina sus ojos. Sus pupilas se ven como dos platos negros relucientes que se balancean incesantemente. Esa persona alguna vez fue conocida para mí, pero ahora no la reconozco.
Él sigue mirándome fijamente, llevando mi mente a las más tortuosas ilusiones. Siento como el delirio nace de mi psique. Cada vez que cierro los ojos siento descansar mi alma, pero cuando los abro él sigue allí. Cierro los ojos con mayor intensidad, deseando que desaparezca de mi vista, que de un momento a otro se esfume con el aire y me deje en paz. Pasan los segundos que se hacen minutos y cuando finalmente me siento mejor, los abro.
La sonrisa ahora es macabra. Nunca borraré esa imagen de mi mente. La imagen de sus dientes manchados de un rojo que inmediatamente reconocí. Su baba sanguinolenta chorreaba de la cuenca de sus labios, esparciendo la sangre sobre su camisa blanca. Y su mirada ahora parecía perdida. La profundidad negra se transformó en vacío, sin brillo, como si lo último humano que quedaba de él se había esfumado.
—Ya no eres él, pero lamento haberte hecho esto.