Diente por diente
Danny era un chico de 14 años. Era muy obeso, torpe y le faltaban tres dientes, producto de una paliza que hace unos meses atrás, le propinaron algunos muchachos de su liceo. El acoso escolar ya se había hecho muy frecuente, convirtiéndose en un hervidero de psicoterror e intolerancia. Las autoridades, a pesar de las denuncias de los padres, no tomaron las medidas necesarias para controlar los hechos de violencia.
Una tarde, Danny esperó en la esquina de una calle desolada, a uno de los tres chicos que le habían roto sus dientes. Se ocultó detrás de un arbusto cuando lo vio acercarse, lanzándole a sus pies un ratoncito de goma amarrado de un cordel. El chico miró el ratoncito, entonces Danny se levanta y le lanzó una pedrada certera en el craneo cuando apenas volteó a mirar desprevenido, quedando inconsciente. Lo arrastró detrás del arbusto y con un pequeño alicate le arrancó un diente. Tomó una jeringa, la llena de aire, y la inyectó en una de las venas del muchacho.
Fuente
Una hora después, Danny entra a su habitación y cierra con seguro la puerta. Alguien con una voz muy tierna le dice:
─ Danny ¿Me trajiste lo que te pedí?
─ Sí, señor.
Danny toma un ratón de peluche y le levanta un brazo. Por una hendija en la costura de la axila, introduce el diente recién enjuagado y lo hunde lo más que puede dentro del relleno.
─ ¡Buen chico! Solo te está faltando uno más y ganarás tu premio.