Nuestros ojos, como nuestros gestos, nos delatan ante los demás y dicen más de nosotros mismos que cualquiera de nuestras palabras. De hecho, el lenguaje no verbal puede comenzar en una mirada y acabar en todos nuestros movimientos, constituyendo la mayor parte de la información que podemos transmitir.
Si lo que tenemos ante nosotros son unos ojos abiertos y una mirada que nos resulta penetrante es que la persona está atenta a lo que decimos o a cualquier otra cosa que esté realizando. Si está hablando con nosotros está pendiente de nuestras palabras y tendríamos que fijarnos en otros rasgos no verbales para intuir si las juzga para bien o para mal.