“No hay nadie peor que el avaro consigo mismo, y ese es el justo pago de su maldad.” (Libro Eclesiástico Capitulo 14)
La avaricia es un deseo insaciable y enfermizo; cuánto más posee, más desee. Otro término para la avaricia es “filarguros”, que significa “amor al dinero”; podríamos decir que son “dinerófilos”, “enamorados esquizofrénicos del dinero”.
En el ámbito de la religión especialmente la judeocristiana que es donde nos desenvolvemos en comunidades diversas, tanto la avaricia como la codicia, son consideradas como pecados capitales, y como tal, en cualquier sociedad y época, han sido demostradas un vicio, un vicio de lo más rastrero, repugnante, son más bien, manías, es un tipo de psicosis progresiva y de fatales consecuencias. En efecto, al tratarse de un deseo insidioso por querer tener más y más a cualquier costo, tanto que sobrepasa los límites de lo ordinario y de lo lícito, se califica con este sustantivo actitudes peyorativas en lo referente a las riquezas. La codicia y la avaricia son términos que describen muchos otros ejemplos de pecados, por ejemplo: la envidia. Estos incluyen deslealtad, traición deliberada, especialmente para el beneficio personal, como en el caso de dejarse sobornar.
Cuando se cruza la delgada línea entre lo que significa para un ser humano “cubrir las necesidades” para obtener con voraz apetito lo que no se necesita solo por el mismo hecho o deseo insidioso de “tener cada día más a cualquier costo” aparece la codicia. Existe codicia por el dinero cuando el avariciento y/o codicioso movido por sus impulsos psicóticos (la codicia es una enfermedad psicosomática) con propósitos enfermizos, y no para cubrir correctamente nuestras necesidades físicas, pasan por encima de todo aquél que se le pone enfrente, sean los hijos, un hermano, un amigo íntimo, un padre o una madre. Muchos quieren dinero para ganar prestigio social, fama, altas posiciones, o simplemente para llenar la “necesidad” de tener y acumular por “cualquier cosa que les depare en el futuro” y el lema de estos es algo así como éste…“si puedo obtenerlo, lo obtengo, y si no puedo obtenerlo, de cualquier manera, sin importar cual fuese, lo tengo que obtener”. No existe codicia ni avaricia cuando se consigue dinero con el único propósito de cubrir nuestras necesidades físicas más básicas, como un techo digno, alimento, vestido, locomoción, educación. Por eso es que es urgentemente necesario descubrir hasta dónde termina la necesidad y dónde es que comienza la codicia.
La avaricia es una pasión cuasi-erótica por el dinero y por las cosas — muy fácilmente conduce a la idolatría.
La persona avara consagra toda su vida al dinero y deposita toda su fe y esperanza en la riqueza. Cree que posee sus bienes, pero pronto es poseído por ellos.
A menudo la avaricia termina distanciándolo de su familia, del prójimo y de Dios mismo, por qué ahora está sirviendo a otro dios.
“Dios sabe muy bien”, escribió Orígenes, “qué es lo que uno ama con todo su corazón y alma y fuerza; eso para él es su dios. Que cada uno de nosotros se examine ahora, y silenciosamente en su propio corazón decida cuál es la llama de amor que principalmente y sobre todo está encendida dentro de su ser”.
Las oportunidades de la vida, a veces se presenta alguna vez en la vida, hay que medir la ambición y la avaricia... pues nos puede jugar una mala jugada…
¡Prudencia y mesura si descubrimos algo bueno!