Me pasaba algo distinto.
Me sentía fuera del centro.
Veía que nosotras éramos todas, que ya nos entendíamos.
Que mi mamá, mi abuela, mi hermana, todas entendíamos lo que dolía ser mujer.
Todas entendíamos y sentíamos el peso que la sociedad nos puso sobre nuestros hombros, las paredes, los cuchillos, todo a nuestro alrededor, rozando con nuestra piel.
Estábamos alzando nuestra voz, GRITANDO sin ser escuchadas.
¿Por quién?
Yo te escucho hermana, te veo.
¿Quién falta?
Ustedes.
A los que les está doliendo tener que admitir que hicieron todo esto.
A los que les duele ver lo que tienen al lado.
Los que están rodeados de mujeres que lloran por lo mismo que ustedes quieren llorar ahora. Porque somos tus hermanas.
Porque nos sentís, nos escuchaste.
Ahora te toca hablar a vos.
Te toca sentir el dolor de gritar que paren.
Te toca romperle la idea a tu amigo, a tu papá.
Te toca sentir que te podes quedar solo.
Nunca vas a estar solo.
Porque detrás del dolor, ya sin voz, casi sin vida, estamos nosotras.
Todavía estamos.
Todavía nos quedamos, porque aunque nos duela, te necesitamos.
Porque aunque nos duela de nuevo admitir que tenemos que tocar el dolor, la pared no se rompe sola.
Porque sos vos el que tiene que tumbar la pared que nos divide, que nos aplasta, que nos pisa.
Entendemos tu dolor, porque lo vivimos, todas nosotras.
Y acá estamos, dispuestas a perdonar.
Necesitamos que termine.
Necesitamos que paremos con todo este dolor.
Solo lo podemos hacer de una manera.
Juntos.