Un chico juega con su perro en Central Park. Lanza una pelota, una y otra vez, y el can corre a buscarla siempre con la misma ilusión mientras, al otro lado del parque, una mujer joven hace arrumacos a su bebé y mueve un pequeño peluche frente a sus ojos. El bebé intenta alcanzarlo y se ríe como si ese muñeco fuese lo más gracioso que va a ver jamás. En un pequeño apartamento parisino, un hombre llora intentando quedarse dormido. Acaba de perder al amor de su vida. La muerte se lo ha arrebatado y ahora siente que el pequeño espacio donde cada noche cerraban los ojos, uno junto al otro, es un gran universo en el que cabría otro universo mayor y, sin embargo, está completamente vacío. Su llanto no le llegará nunca a la anciana que riega las plantas del jardín en un rincón chileno, como jamás conocerá a esa niña que aún no ha podido salir de Siria y cierra los ojos cada vez que oye un ruido fuerte porque nunca podrá olvidar el estruendo de la guerra y todo lo que, por su culpa, ha perdido.
En medio de la noche, un párroco dibuja una cruz invisible con sus dedos en la frente de un enfermo que ya ha dejado de sufrir sin llegar a conocer la existencia de esa chica que recorre las calles de su ciudad buscando un traje a la altura de su primera entrevista de trabajo desde que terminó la carrera. El padre de un niño pequeño mira su reloj sin parar, impaciente por que llegue la hora de ir a ver, de nuevo, a su hijo, al caer la tarde.
Y yo me pregunto por qué hay tantas personas que se creen imprescindibles para que el mundo siga girando. Sólo somos protagonistas de nuestra propia película. Pero, en este cine, cada día hay millones de estrenos. Si no lo olvidásemos con tanta frecuencia, tal vez seríamos capaces de apearnos de nuestro ego para ver que la persona que sufre en una punta del mundo es tan importante como la que se ríe en la otra.
A todos los habitantes del planeta, buenas noches, buenos días y buenas tardes.