La joven manzana colgaba aún del árbol en el que había vivido toda su vida, feliz porque estaba a pocas jornadas de ser una fruta en su punto de madura.
Cercana a alcanzar el cenit de su vida, reflexionaba sobre los pájaros que siempre la estaban rondando, y pensaba ingenua que se deleitaban admirando la belleza de sus formas juveniles, el suave colorido de su piel.
Sus hermanas siempre le advertían, agoreras, que no hiciera amistad con esas aves interesadas, que sólo buscaban su desdicha. Pero ella era vana y alegre y no daba ninguna importancia a las palabras de sus hermanas.
Y mientras su pensamiento volaba fútil se acercó goloso un pájaro que no había visto hasta entonces. Intrigada por el forastero, y sintiéndose halagada por su mirada intensa, se sonrojó, lo cual coloreó aún más su piel, y el pájaro, creyéndola ya en su punto, procedió a devorarla sin titubeo.
La foto es propia.
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