Saludos a todos
Esta es mi participación al concurso de #nanonarrativa organizado por . Si desea participar visite esta página. El reto de esta semana: escribir una historia en menos de 400 palabras basada en una canción.

Mendiga
Estaba oscuro, pero juraría que ese hombre era Julián. Dejó una manta y pan. No sé que duele más, si saberme decrépita, irreconocible; o saberlo tenaz, pero orgulloso. No puedo culparlo. Esta fue la vida que elegí aquel día que el hastío me hizo abrirle puerta y alma a aquel mendigo.
Lo tenía todo. Julián no estaba siempre, pero trabajaba duro para darme lo mejor. No habíamos podido tener hijos aun y sé que eso lo atormentaba.
Cuando escuché el llamado en la puerta me apresuré a abrir como quien espera visita, aunque a mí no me visitaba nadie, ya fuera por envidia o temor. Mi casa era la más hermosa del pueblo. Julián trajo arquitectos y decoradores europeos, pero cada espacio de esa jaula de oro hablaba más de sus aspiraciones y sueños. Podía imaginar el temor de mis vecinas a ensuciar la alfombra persa, no saber usar la lujosa platería italiana o mis muebles ingleses.
Aquel hombre de rasgos toscos portaba el contraste de sufrimiento y felicidad; un cuerpo forjado a sol y sereno. Su mirada penetrante me invadió. Jamás pensé que alguien pudiera esbozar una sonrisa cautivadora desde la miseria. Estiró una mano. ¿Por qué esa cara, señora? Sonríale a la vida! Hurgué en un bolsillo y saqué tres monedas que saltaron a mi mano. Las dejé caer en la suya.
Aquel pícaro tomó las monedas en el aire y con la misma agilidad alcanzo a atrapar mi mano antes de que se refugiara en mi bolsillo. Sé que no es feliz. Sé que este lujo la oprime. Usted no me conoce, respondí ofendida, pero un algo impedía que le arrebatara la mano que ahora acariciaba con una ternura que no conocía.
Conozco su corazón. Es el corazón de las que sueñan con caminar descalzas en la arena y sentir el rocío de la hierba humedecer su cuerpo desnudo. Venga conmigo y le enseñaré que se siente dormir bajo la luz de la luna y despertar con el trinar de los pájaros. Un escalofrío ajeno recorrió mi espalda y un impulso furioso me liberó de aquel muérgano. Váyase! Le grité. Volveré, me respondió, sin borrar aquella sonrisa desafiante. Miró mi jardín, moldeado como los majestuosos jardines franceses y me increpó. ¿No le gustaría ser libre como las flores silvestres, sin críticas, sin envidias?
El mendigo volvió. Lo demás es historia.
