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En una ciudad carioca la Alcaldesa promovió un decreto prohibiendo que las parejas pudiesen besarse ni apurruñarse en lugares públicos, pero la ordenanza establecía que no era aplicable la medida en atuendo de carnaval.
Los vivos se besaban locamente en secreto disfrazados de negritas con antifaz, rezongaban porque alegaban que los besos a través de una mascarilla no sabían a nada.
Los agentes del orden los seguían y detenían, pero ellos no aceptaban, aducían que el estatuto no tenia procedencia con disfraz. Por tanto los disfrazados quedaban absueltos de la falta sin ser presentados ante el prefecto.