A imagen y semejanza
El universo era absolutamente ordenado, objetivo, incuestionable.
En el amanecer del sexto día Dios creó al hombre, y lo hizo a su propia imagen y semejanza, según anunció. El Diablo al ver esa noble creación le exigió un ser terrenal que fuera imagen y semejanza suya. Dios entonces nos creó a nosotros, los chivos o cabritos.
—Ese animal ridículo en nada se me asemeja —protestó el Diablo.
—No sé por qué decís eso —respondió Dios con su infinita calma—. Es esta y no otra la imagen que tengo de vos.
Este fue el primer desacuerdo entre Dios y el Diablo. El universo creado, junto con su creador, dejaron así de ser incuestionables.
Al día siguiente Dios descansó y la subjetividad inició su reinado.
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