Vivo en esta ciudad costera, a la entrada de un golfo de inmensa profundidad, habitado por míticas culebras y traviesos y danzarines duendes, los Chimichimitos. Tiene mi ciudad una playa que la recorre entera. Caminándola podemos topar con pescadores en faena y con niños jugando con barquitos de latón.
En el oeste de la Cumaná hay un parque litoral de lagunas interconectadas; son ellas el hogar del Mangle Negro, del Mangle Botoncillo, de una treintena de especies herbáceas y otros tantos arbustos xerófilos. Digna de admiración, pero omitida, la hermosa laguna permanece invisible a los ojos de los habitantes, quienes solo ven de La Laguna de los Patos su reboso, cuando busca salida al mar.
Para sortear el inconveniente de la inundación de las aguas salobres se construyó en el sitio, donde se encuentran la laguna y el mar, el puente motivo de las fotografías que les muestro hoy.
Creo que la estructura brinda un hermoso perfil que contrasta con la horizontal del mar, también creo que su forma arqueada confiere un poco de gloria a la mirada. La posibilidad de solo mirar (gran oportunidad), sin tener que comprender.
Buscando esa sensación llego al puente, preferiblemente a la hora del crepúsculo, cuando la playa se queda solitaria, callado "el mundanal ruido" para el protagonismo del rumor de las olas.
¿Cuántos mitos pueden surgir de un encuentro como este?
¿Cuánto material para la ciencia?
¿Cuánto material para la ciencia?
¿Cuántas metáforas para los poetas?
¿Cuánta admiración para los dioses?
En tiempos de lluvia el cielo de Cumaná se llena de colores en las horas crepusculares.
Disfrutar de ese corto momento del crepúsculo vespertino, en un puente, frente al mar es una experiencia magnífica, es literalmente (perdonen la obviedad) una experiencia de luz. Es vivir el fulgor, el resplandor, el brillo y de allí, rápida y gradualmente, a la vivencia contraria. Es pasar de la definición a la opacidad. De la vitalidad a la melancolía.
Los poetas lo han explicado bien.
Dice Alí Ahmad Said (en su Celebración del día y de la noche):
se lava los pies y se pone el manto
para recibir a su amiga la noche.
El crepúsculo avanza lentamente.
En sus hombros hay manchas de sangre,
en sus manos una rosa
a punto de marchitarse....
He visto desde mi ventana
la fiesta del poniente en los cerros lejanos.
(Pablo Neruda: poema 10)
Las fotografías son propias, fueron realizadas con mi cámara Lumix, Panasonic FZ40
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