Mucho antes del amanecer del 2 de agosto de 1943, el teniente John F. Kennedy, de 26 años de edad y su tripulación del PT109 se sorprendieron al ver surgir una enorme figura de entre la noche sin luna, cerca de las islas Salomón.
Tan sólo segundos después, esa forma se convirtió en el destructor japonés Amagiri y antes de que los estadounidenses pudieran esquivarlo, el barco se estrelló contra el bote torpedero, de mucho menor tamaño, encendiendo una bola de fuego de gasolina de alto octanaje. El impacto cobró la vida de dos estadounidenses y obligó a 11 más, incluido Kennedy a nadar para salvarse.
El relato de cómo sobrevivieron los hombres de Kennedy se convirtió rápidamente en una leyenda de la historia de los Estados Unidos. En la campaña presidencial de 1960, el heroísmo de JFK en el Pacífico sur contribuyó a persuadir a los estadounidenses a votar por el joven y carismático líder.
Sin embargo, un elemento clave de los sucesos de aquella fatídica noche parecía irremediablemente perdido. Se creía que el PT 109 se había partido en dos: la sección de la popa se hundió a estribor de inmediato, mientras que la proa continuó flotando durante medio día o más antes de desaparecer.