Cuando leemos una historia, nos sentimos parte de ella. El lenguaje es un medio muy importante para reflejar sentimientos y emociones, con las palabras podemos comunicarnos, podemos fingir ser alguien más e incluso, podemos crear y destruir mundos e historias.
Asimismo, si pensamos en la gran cantidad de obras literarias que perduran en el tiempo, surge la pregunta ¿Qué hace que se sigan leyendo? Después de 400 años, se siguen interpretando las tragedias de Shakespeare y se continúa leyendo Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes, aun cuando estas son historias contextualizadas en una época muy diferente a la actual. Sabemos que son obras de ficción, historias irreales que fueron creadas por alguien más y aun así, sufrimos con Desdémona y nos enfadamos por las acciones de Yago en la obra Otelo y nos reímos con las tonterías que Don Quijote comete junto a Sancho Panza en sus fantasías de caballero andante, es decir, vivimos las historias que nos cuentan a pesar de que son obra del pensamiento de quien las escribió. Es por esto que se plantea la interrogante anterior.
De igual manera, se puede apreciar que existe ficción, incluso dentro de estas historias, pues Yago, con su ingenio y su gran elocuencia, logra desarrollar la tragedia de Otelo por si solo, haciendo parecer que Shakespeare no tuvo nada que ver en su creación. La obra se desarrolla gracias a que Yago tiene el poder de dirigir las acciones y los hechos a su gusto por medio de la palabra. Esto es algo que se debe resaltar, pues observamos que, con la palabra, se crea una historia que gira en torno a lo que Yago dice, es decir, el verdadero autor de la obra es Yago, porque es quien motiva las acciones y, lo que se destaca es que lo logra exclusivamente con diálogos con el resto de los personajes participantes. En esta obra se destaca la palabra como herramienta fundamental para motivar el desenlace.
Por otro lado, tenemos a Don Quijote, quien crea un juego propio, en el que él es el personaje principal, éste es el juego de la caballería. La novela se desenvuelve en una época en la que los últimos rastros de la caballería están en las novelas de este género y, Don Quijote, extasiado por los logros de los caballeros andantes, pierde la cordura y crea un mundo, el suyo propio, donde imagina personajes, enemigos, proezas y promesas, es decir, con su palabra, genera un mundo ficticio dentro de su realidad. En principio, la gente común no se apega a dicho juego, salvo Sancho Panza, a quien se le promete una ínsula que gobernar, sin embargo, al transcurrir el tiempo, se unen más personajes, por voluntad propia, a esta historia. En esta novela queda evidenciada la influencia del lenguaje sobre la vida cotidiana de una región entera, ya que surge una cultura perdida, bastante satirizada, sólo porque un hidalgo pierde la cordura y sale de su casa vistiendo una armadura desgastada y montando un caballo desnutrido.
Luego de analizar estas obras, nos damos cuenta de que, no solo los cuentos y la literatura está basada en la palabra, sino que la vida misma está construida sobre palabras. Las leyes son barreras ficticias que moldean nuestra conducta según el estándar de alguien más y, sólo son palabras escritas; el nombre que nos ponen al nacer son sólo palabras a las que respondemos cuando son pronunciadas; la definición misma de lo que está bien o mal, son sólo palabras escritas que modelan la forma de actuar de cada individuo según las decisiones que tome; en fin, todo es ficción basado en las palabras. He allí el poder y la influencia de la palabra.