Fuegos nocturnos…
La sangre desertó de mis venas
simplemente al verte
y un dolor gozoso
se alojó en mi bajo vientre.
Quiero que tu mar me anegue, hombre,
te pedí yo inclemente,
parte mi cuerpo en dos,
hazme de ti sobreviviente,
lléname de agua,
viértete en mis manos,
haz de tu cuerpo una fuente,
quiero de ti un susurro líquido,
un estremecimiento blanquecino,
tu vida en un torrente.
Eres la humedad de mis insomnios,
mármol de carne,
esculpido por mis dedos cada noche.
Eres la boca nocturna
de calientes pulsaciones
agrietada y hecha lluvia,
un crujir delirante de emociones.
Tu raíz está en mí,
con sabor a hierro,
y dulcita como los melocotones.
Y qué si digo tu nombre
en la oscuridad de esta esquina,
en este papel que todo lo dice,
y digo que tu olor
es lo primero que me pongo en el día.
Y qué si llevo manchas,
inmaculada yo de la vida
perdidamente derramada,
temblorosa,
caída.
Y qué si no quiero quedar intacta
convertirme en una perdida,
dejar que tus manos amasen
esta carne ya podrida.
Y qué si digo que sí
y después lo niego todo,
y me voy con la sonrisa
la de Adán y la de Eva,
luego de comerse la fruta prohibida.